domingo, 5 de junio de 2016

Ironman Niza

La tarde antes de participar en el Ironman de Niza comentaba que estaba tranquilo porque estaba seguro de tenerlo todo bien atado. Pero no era así: no estaba todo atado. Como reza el refrán anglosajón, “the devil is in the detail”. Si no hubiera sido por ese “detail”, hoy no seguiría enfadado conmigo mismo (se me pasará 8-). Seguramente tendría Hawai a la misma distancia, pero todo habría salido según lo previsto. Estaría igual de orgulloso, pero no enfadado.

Niza Team
Pasado el vendaval, y aunque no he tenido tiempo de meditar mucho, la verdad es que me parece pretencioso hacer un primer Ironman con el objetivo de terminar y hacer el segundo con el objetivo de alcanzar el cielo. No es razonable: tengo cierta edad, no sé si tengo condiciones, pero seguro que no tengo suficiente experiencia. Por eso, como siempre, solo me queda aprender del error. Porque no tengo excusa para el error cometido. Os lo voy a contar, teniendo presente que la diferencia entre una explicación y una excusa es la intención, y mi única intención al contarlo es aprender de los errores, que no vuelvan a pasar.

4:00. Llega el día esperado durante los últimos meses. Tenso, pero poco nervioso. De hecho, he dormido muy bien. Desayuno y hago los últimos preparativos (pegatinas, protector solar, rellenar bidones, hacer sándwiches…).

5:00. Recepción. Taxis, fotos y los ocho (Andrés y familia, Guille, Noelia y Bego) para le Promenade des Anglais. Allí nos esperan Ángel y Raquel.

5:30. Entro al box. Retiro bolsa, dejo bidones y aparatos de medida, reviso frenos, ruedas, cambio… todo aparentemente bien. Me voy hacia la playa. Me pongo el neopreno y entrego la bolsa con la ropa de calle. A la salida...

Rolling start
6:00. Me meto al agua para empezar a calentar. Está menos fría que el día antes (también es verdad que me bañé sin neopreno 8-). Me dirijo a mi puesto estimado para “disfrutar” del rolling start. Entablo conversación con unos andaluces muy simpáticos.

6:30 y pico. Al agua. Le doy al botón. No hay mucho contar. Quería hacer 1:10 y me voy a 1:16. Era obvio que me adelantaba más gente que la que yo adelantaba. También era obvio que estaba haciendo más metros de los necesarios al eludir el contacto. Culpa mía y de nadie más. Isra e Iván hacen más que bien su trabajo, pero soy mal alumno y punto. No tengo más remedio que seguir buscando la mejora (y lo conseguiré, vaya si lo conseguiré). Sin excusas. No importa: hay margen.

7:45 y pico: T1. Nada especial que reseñar. Me subo a la bici, pero ya en los primeros metros noto que algo no va bien, aunque no acierto a saber qué. A los pocos kilómetros ya lo sé: el sillín está flojo. Lo cambié dos días antes y lo probé, pero lo debí probar poco. Menuda faena. Voy bien, pero empiezo a preocuparme porque aquello se mueve: lentamente empeora. Finalmente, en pocos kilómetros resulta casi imposible sentarse y pedalear: me voy hacia atrás. Las subidas las hago todas de pie. No puedo arreglarlo: todo estaba tan "tremendamente" bien atado que deseché llevar llaves para ahorrarme unos gramos. Pregunto a varios corredores y, como yo, opinan que debe haber algún tipo de ayuda mecánica en el col de l’Ecre. Setenta kilómetros y kilómetros y medio de desnivel sin posibilidad de sentarme en las subidas. Las vistas son magníficas, el recorrido es precioso (de verdad, sientes que participas en el Tour de Francia), pero es difícil disfrutar. Sé que voy a llegar arriba, pero ¿se me caerá el tornillo del sillín sin que me dé cuenta?

The day before...
10:45 aprox. Col de l’Ecre. Me dirijo a una árbitro y le pregunto si hay taller o alguien que me pueda prestar una llave Allen. Tengo el sillín colgando de la tija, sujeto en la mano. Me pregunta que desde dónde vengo así… en fin, desesperado. No tiene ni idea de dónde hay algo parecido a un taller, quizá más adelante, allí no. Afortunadamente un ciclista espectador me ve y me acerca la llave. Pero entonces cometo el segundo error: aprieto y aprieto sin fijarme en la posición del sillín. Doy las gracias y salgo pitando para arreglar lo que ya no tiene arreglo, pero pronto me empiezo a dar cuenta de que el sillín está mal nivelado (muy mal, peor imposible). Afortunadamente está fijo, pero radicalmente mal, así que cuando creía resuelto el problema, me entero de que solo me quedan otros 100 kilómetros de calvario.

Resignado me dedico a hacerlo lo mejor posible. Curiosamente, solo voy cómodo cuando subo y me pongo de pie. No hay mucho que rascar. Hasta tres caídas veo, que solo me sirven para resignarme: sería infinitamente peor estar en su sitio (mal de unos cuantos, consuelo de idiota). En las bajadas arriesgo lo que no arriesgo nunca, en las subidas me dedico a echar cuentas para ver si voy a bajar de once horas. Había presumido de que iba a hacerlo y aunque cualquiera lo va a entender, me niego, me da vergüenza. Es más: si no bajo de 10:50 me va a dar algo. Cuando bajamos la Condamine y desaparecen las cuestas, los cálculos son más sencillos y esperanzadores: con una T2 de tres o cuatro minutos, tengo unas 3 horas y 20 minutos para bajar de 11.

Sé que puedo.

14:30. T2 sin problemas. Estoy enfadado, muy enfadado conmigo, pero ya solo queda la rabieta final: aunque no me sirva ya para mucho y yo sea el único culpable de mi resultado, tengo que llevarme algo bueno de Niza. Si correr es lo único que hago bien, que quede por escrito para siempre. Y me lanzo a correr como si tuviera algo que ganar. Tal como me había prometido: sin excusas, por Bego, por mi.

Aunque quede mal decirlo, empiezo controlándome. Veo a nuestras chicas por primera vez y se me pasa por la cabeza acercarme para decirles que “no es el día, pero esto es territorio Manu: atentas”. Durante kilómetros pido paso a unos y otros, me salgo al carril bici, me salgo al carril de vuelta, el reloj no deja de marcar ritmos de película hasta para mi. Un corredor me grita “eso es correr, complutense”: más sonrisas por primera vez en muchas horas. Creo que paso la media en menos de 1:30. El ritmo decae lentamente (lo normal), pero sigue siendo bueno. Aguanto bien hasta el final de la tercera vuelta. Y nuestras cuatro chicas siguen ahí gritando como si fueran cuarenta o más. Ahí ya voy más despacio, pero aquello es “The Walking Dead”: todos van más despacio, mucha gente empieza a andar ya. Me doy cuenta de que en 41 kilómetros solo me ha pasado un triatleta. Llegando me pasa otro. Ya no sé si pararme a darle un beso a las cuatro chicas, pero prometí no dejar de soñar hasta la última zancada y por eso sigo corriendo hasta el último centímetro antes de convertirme en finisher.

Segundo Ironman terminado: rabia y orgullo a partes iguales. Fin de la historia.

The day after...
Ya lo dije antes: “el diablo está en los detalles”. Durante meses has madrugado lo que no está escrito, has robado horas al descanso, has pedaleado y corrido hasta la extenuación en pos de un sueño. Y no solo eso: tu mujer se ha esforzado como tú y te ha regalado muchísimas horas de su tiempo para poner tu sueño más cerca. Pero no ha podido ser. El objetivo era bajar de 10:30, no otro (lo de Hawai entraba, basta mirar el nivel que hay, en el terreno del azar). El deporte es así. La vida, en realidad, es así. No hay ningún drama en todo ello. Al contrario, me considero muy afortunado por los grandes ratos que he pasado junto a esos titanes que son mis compañeros de entrenamiento y estoy más que orgulloso de mi mujer y de mí mismo, feliz de tener los compañeros que tengo (los que han ido a Hawai, los que van a ir y los que ni lo sueñan, pero lo merecen igual) y deseoso de seguir soñando muchos años más.

miércoles, 1 de junio de 2016

No dejaré de soñar

Half de Peñíscola
Después de muchos años pensándolo, hace más de cinco que me dio por saltar definitivamente al triatlón. Pronto me preguntaron si tenía decidido qué tipo de pruebas hacer. Y la verdad es que no tenía ni idea. Siempre he sido demasiado sensato (¿o miedoso?)  para meterme en lo que desconozco (razón por la que seguramente me he perdido muchas cosas, pero uno es como es) y esa vez no fue diferente: no sabía qué quería hacer. Al pasar el tiempo vas entendiendo que si lo tuyo siempre ha sido y sigue siendo la larga distancia, la respuesta es clara. Y tener como reto mi primer triatlón de distancia Ironman casi llegó solo: Vitoria 2014.

Gracias al triatlón he descubierto infinitas cosas en estos años. Por ejemplo, que por muy torpe que seas nadando, puedes mejorar si perserveras en ello; también he aprendido, subido a la bicicleta en este caso, que el dios del viento es un sinvergüenza que te fastidia lo que no está escrito para demostrarte que es más fuerte que tú, pero que también es noble, porque siempre hay un momento en que se hace el silencio y allí donde irías a 28 km/h te sorprendes al doble de velocidad (el dios ha decidido que mereces tu premio); y también he descubierto que puedo seguir corriendo como siempre, y encima sin lesiones. Podría escribir un libro de experiencias nuevas.

Valle "del Corzo"
También gracias al triatlón he conocido a muchísima gente formidable: unos van muy deprisa y otros no tanto, unos hacen distancias cortas y otros largas, unos vienen de la natación, otros de la bicicleta y otro de correr; hay polícias, médicos, banqueros, cocineros, en mi querido club tenemos de todo... Pero lo mejor es toda esa gente que he conocido que sabe reconocer al que lucha por alcanzar sus límites, que vale más el que se cae y se vuelve a levantar, que comparte los malos ratos con el que no busca excusas, que disfruta de los éxitos de sus compañeros tanto o más que de los suyos…

Cuento esto como si fuera una despedida del triatlón o algo así. Y no lo es, en absoluto. Pero sí es cierto que, como dice José, preparar un Ironman es buscarse un segundo trabajo. Y por este segundo trabajo nadie te paga. Es más: pagas tú y, lo que es peor, paga tu familia. A pocos días de celebrarse la prueba no sabes qué te dará más satisfacción: si convertirte en finisher o dejar de estar obligado a dedicar tantísimas horas al entrenamiento. Anhelo volver a tener tiempo para mis docenas de proyectos familiares y personales ¿por qué si no este blog no se mueve desde octubre del año pasado? Y como este blog, tantas cosas más.

Después de 184 kilómetros nadando, 5.600 kilómetros pedaleando y casi 1.200 corriendo, está todo hecho. Varios cientos de horas de entrenamiento durante más de seis meses para llegar a una forma física de la que estoy satisfecho. Antes de mi segundo maratón, allá por 1996 más o menos, un compañero me dijo que no me confiara, que tras terminar el primero todo el mundo creía que aquello era fácil. Y sufrí: tenía mucha razón. No voy a cometer ese mismo error en este segundo Ironman, mi respeto es el mismo, pero tampoco voy a ser conservador: no me vale con llegar.

Ha sido bonito (no: precioso) vivir todos estos meses con la ilusión de clasificarme para Hawai. Llegado el momento de la verdad y habiendo hecho los deberes lo mejor que he podido, lo considero casi imposible: soy un convencido (vale: friki) de la estadística y no me salen las cuentas por más teoremas que aplique. Necesito nada menos que cuatro pequeños milagros (uno en la natación, otro en la bicicleta, un tercero en la carrera a pie y uno último en el sorteo). Pero como creo que en el fondo me conocen bien pocas personas, prometo que voy a intentarlo igual que si fuera fácil, que hasta que cruce la meta, no dejaré de soñar .

domingo, 11 de octubre de 2015

Maratón de Chicago

Acabo de ver en la tele una entrevista a Pau Gasol donde, además de demostrar una vez más su calidad humana (de la deportiva qué vamos a decir), decía que le encantaba vivir en Chicago. En estos últimos días precisamente, tras este viaje a Chicago, he comentado con los conocidos algo parecido: Nueva York es un gran parque temático, pero Chicago es una señora ciudad., un sitio mucho mejor para vivir. Imagino que las temperaturas a lo largo del año no lo pondrán fácil, pero dónde va a parar la elegancia de Chicago frente a la exageración de Nueva York.

En la Feria del Corredor
Eso sí, la maratón de Nueva York no tiene igual. Como mínimo puedo afirmar que Chicago no está a su altura. La razón es la gente, no tengo ninguna duda. Es cierto que las dos están perfectamente organizadas (si aquí tenemos que vigilar la entrada a un recinto de cuarenta y pico mil personas, o empezamos una semana antes o se nos muere alguien). La feria del corredor, por ejemplo, ocho veces las de aquí. Y durante la carrera todo perfecto, ni una pega. Pero la verdad es que la animación de Nueva York no tiene parangón. Cada vez que pienso en la entrada en la Primera Avenida, en 2011, se me pone la carne de gallina.

Simplemente es eso: la cantidad de gente. La gente anima igual, pero no hay tanta, digan lo que digan los organizadores. Porque los que hay aprecian igual el esfuerzo, los carteles de la gente, los ánimos indiscriminados, el reconocimiento. Pero es que son menos. Volviendo al hotel, como en Nueva York, me felicitaron varias veces. Pero esta vez no nos fuimos directos al aeropuerto, y pudimos comprobar el orgullo que sienten los que terminan porque al día siguiente, e incluso días después, la cantidad de gente que llevaba colgando su medallita era increíble. Aquí la llevas al día siguiente y te tachan de imbécil. A mí, como buen español, ni se me pasó por la cabeza…

Esta vez tenía el hotel a 20 minutos de camino de la salida. Como en Nueva York, me tocaba el corral A. Delante, la élite y un montón de buenos corredores buscando calificarse para los trials olímpicos de maratón. Una señora canta el himno americano y todos calladitos, como debe ser, y los americanos con el puño en el pecho (envidia que me dan, qué se le va a hacer, aquí preferimos romper el país). No pude evitar acordarme de Sinatra (de su voz, me refiero). Pum. A correr.

Muerto no, lo siguiente
De mi carrera no hay mucho que contar. La verdad es que consideraba asequible hacer 2:54. Pero me sentía bien y decidí arriesgar. Algo debió influir la euforia de ver la hazaña de Rober en Kona. Y eso no es buena idea nunca. Fui muy bien hasta el km. 20. No iba forzando, pero a partir del 21, decidí que era imposible seguir a ese ritmo y, casi sin quererlo, empecé a reducir la velocidad. La foto está tomada por mi niña, a medio kilómetro de la llegada. Muerto no, lo siguiente... El recibimiento, con centenares de voluntarios aplaudiendo y dándote la enhorabuena es un gran momento, a pesar de no sentir las piernas. Pero allí no dejan  para a nadie, quedan muchos miles de corredores por entrar aún y merecen su espacio.

La verdad es que me hacía muchísima ilusión entrar entre los cinco primeros de mi grupo de edad. Leí que dan un trofeo con tu nombre grabado. Hacía falta bajar de 2:50 y a mitad de camino estaba en 2:48, pero si sigo intentándolo unos kilómetros más hubiera sido peor: quedaba demasiado. Como dicen los chavales, una petada en toda regla. Sin duda me faltaba fondo. Creo que se me olvidó que no se le puede perder el respeto nunca a un maratón. De todos modos, puesto 11 de 1906 es para estar orgulloso y lo estoy (y por eso lo escribo).

Paseito en bici por la orilla del Lago Michigan
El resto de la semana lo pasamos disfrutando de, como decía, una ciudad elegante. Hizo un tiempo excelente, ideal. El río, el lago, los puentes, el metro elevado, sus iconos, los rascacielos y sus miradores de vértigo, los museos, los grandes almacenes, su pizza supergruesa, las limusinas, algún paseito en bici… Hubiera estado bien ver algún partido en vivo de los Bulls o de los Cubs (los seguidores estaban eufóricos, hacía no sé cuánto que no ganaban y este año van muy bien clasificados) o mejor de los Bears, que el fútbol americano es espectacular de verdad, pero no nos animamos.

Ahora toca decidir cuál es la siguiente major.

viernes, 25 de septiembre de 2015

Pongamos que salgo de Madrid

Si puedes, lee esto escuchando a Sabina y Rosario o a Antonio Flores en una versión más cañera. Al menos no habrás perdido el tiempo... 

Hace tiempo que quería hacer algo que, supongo, es una especie de chiquillada, un corte de mangas, una peineta después de treinta y dos años yendo de Alcalá a Madrid y vuelta todos los días. Primero para estudiar y después (afortunadamente) para trabajar. En autobús, en coche o en tren, doscientas y pico veces todos los años. 

M-30
Pero hoy me he sublevado un poco por fin; y parafraseando a Sabina me he dicho "pongamos que salgo de Madrid", pongamos que mando a Renfe y sus malditas huelgas a freír espárragos, pongamos que mando a la Conti, a los atascos de la N-II y al petróleo y sus derivados a hacer puñetas... pongamos que vuelvo desde el trabajo hasta Alcalá de Henares, hasta mi ciudad, hasta casa... corriendo.

Pongamos que decido disfrutar por una vez del paisaje urbano de una ciudad insufrible, pero hospitalaria como pocas, que atravieso El Retiro hacia Sáinz de Baranda, atravieso la primera muralla que rodea Madrid, la M-30, y recorro Marqués de Corbera, la Avenida de Daroca, las calles Largo Caballero, Alberique y otras desconocidas para mi hasta que me diviso la Peineta, y que después de nueve kilómetros y pico salto esa segunda valla brutal que es la M-40.

Coslada
Pongamos que recorro la carretera de San Blas a Coslada (M-201) y atravieso la vía Marconi hasta llegar, de nuevo, al paisaje de asfalto, ladrillo y cristal de Coslada y sin darte cuenta al de San Fernando de Henares. Son casi cinco kilómetros hasta que abandono esta localidad por la glorieta de Europa y dos más hasta que llego a la tercera gran alambrada: la M-50. Y después de dos y medio más corriendo paralelo al polígono industrial, entro en Torrejón de Ardoz.

Pongamos que recorro la localidad vecina, Torrejón de Ardoz, alargada como todas las del Corredor del Henares, recorro la avenida de Circunvalación y sigo zizagueando hasta llegar a las glorietas de su Ronda Sur, que me dan paso de nuevo a los caminos que me han de llevar hasta la orilla del río Henares, en el punto en que le rinde el tributo de su escaso caudal el río Torote.

Cerro del Viso
Pongamos, por fin, que atravieso el Torote y recorro la rotonda sobre la M-203 para así dejar la terra incognita (latín, no lleva tilde). Entro en la avenida de Madrid y me desvío por la calle Iplacea y la M-300 hasta llegar a Los Gorriones y la Ronda Fiscal... estoy en casa. Han sido 3 horas y cuarto y 32 kilómetros de liberación, de reivindicación, de descubrimiento, de bromas, de reto, de vida.

Precisamente cuando llegaba me he dado cuenta de que por estas fechas empecé a ir a la Ciudad Universitaria a diario hace nada menos que 32 años ¿qué mejor forma de celebrarlo que recorriendo el mismo número de kilómetros? Pitagórico el que suscribe, me gustan las coincidencias numéricas. No sé, quizá haya empezado algo interesante, porque no parece complicado hacerlo en bicicleta.

Pues esta es mi historia de hoy. Y se la dedico a mis dos zagales. Porque no quiero dejar de enseñarles que a veces hay que dejar el sentido común a un lado y preguntarse ¿por qué no hacerlo?

sábado, 29 de agosto de 2015

Nueva temporada, nuevas ilusiones

Han pasado casi tres meses desde el accidente de bicicleta. No ha llovido mucho desde entonces (de hecho no ha llovido casi nada), pero ha pasado mucho tiempo y tengo mucho que contar.

El 4 de junio llevaba más de 155 kilómetros nadados, 4.900 kilómetros de bicicleta y casi 900 kilómetros de carrera. Mucho esfuerzo y mucho sacrificio, pero el trabajo ya estaba hecho. La ilusión de los cinco meses anteriores estaba ya a menos de cuatro semanas, y empezaba a pensar en la estrategia de la carrera, en los detalles, a hacer cuentas… Desafortunadamente, al pasar por Meco, cuando ya prácticamente estábamos terminando, me despisté un momento y con la ayuda de un suelo tercermundista me fui al suelo. Fin del sueño. Lo peor de todo fue que sobre la prueba pivotaban demasiadas cosas importantes, especialmente los planes de vacaciones, que se fueron al traste.

Ya pasó: no ha sido fácil, pero ya pasó. Me queda haber disfrutado del camino, de los entrenamientos con los compañeros, y de los buenos resultados (jamás olvidaré el podio de Peñíscola y el cumpleaños feliz), pero solo tiene sentido mirar hacia adelante. También he aprendido cómo se comportan los organizadores de algunas pruebas cuando les informas de tu situación y les propones cambiar la inscripción al año siguiente. Pero ya he vuelto a correr, he empezado a nadar y pronto me subiré a la bicicleta de nuevo. Y lo más importante, los planes se agolpan en una secuencia encantadora: Valladolid, Chicago, brevets, Niza, Florencia, Transvulcania, Roth…

En la refrescante fuente de Yélamos de Arriba
Uno de esas cosas importantes que se fueron al garete era participar ayer en el Triatlón de Guadalajara. No puedo ser, pero sí pude estar como voluntario, ayudar y disfrutar de otra forma. No resultó tan sencillo como yo esperaba. Demasiado coche intentando acceder al circuito de bicicleta, pero la verdad es que todos, y hablo de cerca de una veintena, con excepción de un sinvergüenza, fueron comprensivos.

De Yélamos de Arriba salió una docena de personas a animar de principio a fin. Me lo pasé bien explicándoles qué era una cabra, en qué consistía la prueba, por qué no se iba en pelotón, etc. Nos reímos mucho cuando le di paso a un SEAT Panda de cerca de 30 años pidiéndole que cruzara rápido… Y al final todos volcados en traerles agua a los últimos triatletas (ya que hubo problemas en el avituallamiento previo). Buena gente. Me despedí de ellos diciéndoles que al año siguiente los quería allí otra vez, pero que les saludaría desde la bicicleta.

Aunque me ayudó Bego, en ese punto hacen falta dos personas dedicadas (hubo varias veces que tenía coches intentando acceder desde los dos lados de la carrera). Al final todo salió bien, excepto porque un ciclista se despistó y se metió a Yélamos (y otro que se fue detrás). El primero se enfadó con nosotros y le comprendo, pero en realidad las cuatro flechas del suelo estaban para algo y yo creo que el recorrido obvio era seguir de frente. Como varios triatletas se habían metido a coger agua al pueblo, no quisimos pararle, pero le preguntamos “¿Vas a por agua, verdad?”. En fin, el cliente siempre tiene razón… solo queda pedirle disculpas.


Como no teníamos bastante, de allí nos fuimos a San Sebastián de los Reyes, a correr una carrera de 10 km. Allí se están celebrando las fiestas y parte del recorrido es el de los famosos encierros. No sé si estaría bien medida, pero dadas las altas temperaturas, el cansancio, las cuestas y la escasez de agua, doy por muy bueno el resultado. Buenas expectativas para las próximas citas.

domingo, 10 de mayo de 2015

Duatlón Cross de Daganzo y Media Maratón de Azuqueca

Me está sentando bien el medio siglo. Cada vez que tomo la salida, acabo encima del podio. Incluso en lo que no me sale nada bien. Más de una vez he dicho que no pienso quitarle mérito: primero porque los otros de tu edad pueden tomar la salida si quieren, pero no lo hacen; segundo, por puro respeto a los que quedan por detrás.

No sé montar en bici de montaña. Le puedo echar la culpa a veintisiete cosas, pero la principal razón para que me pase hasta el tato es que veo una bajada llena de piedras, las alarmas se disparan en mi cerebro y freno. Me da cosa matarme, no me agrada. En las subidas no se me va nadie (salvo que meta la pata y cambie tarde), en llano más o menos, pero en las bajadas lo único que oigo es "¡izquierda, izquierda, izquierda...!" o "¡derecha, derecha, derecha...!" en función de que yo vaya por la derecha o por la izquierda, respectivamente. Y hasta me dan las gracias. Seguro que alguno piensa que soy un despistado que pasaba por allí. Me debieron pasar más de veinte duatletas en el tramo de bicicleta.

Duatlón Cross de Daganzo
Añádele luego esas distancias de carrera a pie que tienen los duatlones (cuatro kilómetros y medio el primer tramo y dos y pico el segundo): no me da tiempo ni a calentar. El pasado 3 de mayo corrí mi primer duatlón cross. En Daganzo. Me gustó la experiencia, sobre todo subir al podio con dos máquinas, que ellos sí que lo son. Lo único que hice mejor que ellos fueron las transiciones. Y la razón es que yo no llevo calas. Por las mismas: miedo, falta de destreza, etc. La carrera, sencilla, bien organizada, casi tanto como el Duatlón Cross Popular de Alcalá de Henares 8-). En particular me gustó ver por fin unos boxes suficientemente altos, donde puedo meter y sacar la bici sin tener que tumbarla. Me gustaron y agradezco también los consejos del que controlaba el acceso al entrar en boxes (llevaba el cierre de una rueda flojo y mal orientado).

Y el pasado 10 de mayo volví a correr la media maratón de Azuqueca de Henares. Me sigue pareciendo una carrera con una excelente relación calidad/precio. Bonita no es, eso cierto, pero tiene casi todo lo que le pides a este tipo de carreras: recogida de dorsal cómoda (inmediata), bien medida, bien señalizada, avituallamiento en carrera suficiente, algún recuerdo chulo y algo que tomar a la llegada. pero además me sorprendió que hubiera diez puestos de masajes, la Coronitas fresquita de verdad, etc. En la salida me sentía agarrotado (había hecho bici antes), pero no especialmente cansado. Sabía que iba a hacer calor, pero tomé la salida con la idea de hacer podio (V2M), sin esperar a ver cómo se me daba...

Media de Azuqueca de Henares
Y se me dio bien. Hizo mucho calor, pero no bajé el ritmo. Mi mujer me avisaba de que iba el décimo, y aún así era probable que fuera tercero (está divertido eso de adivinar si los que tienes por delante pasan o no de cincuenta años). Y acertó: tercero. Lo curioso del asunto es que los nueve primeros nos repartirmos los tres podios por categoría. Es evidente que los jóvenes no participan en estas carreras. Y mientras sea así, seguiremos llegando por delante los mayorcitos.

viernes, 1 de mayo de 2015

Brevet de Yepes

Hoy tocaba experimentar. Ya el año pasado intentamos hacer una brevet de 200 kilómetros, pero los organizadores no nos lo pusieron fácil (por decirlo educadamente). Este año no ha habido ningún problema (no hay razón para que lo haya, ciertamente). Las brevets son pruebas de larga distancia que se realizan bajo un reglamento homologado por el Audax Club Parisien y que se celebran sobre distancias de 200, 300, 400, 600 y 1000 kilómetros que deben de ser cubiertas en un tiempo máximo marcado en función de la distancia. Tiene su maximo exponente en la París-Brest-París que se celebra cada cuatro años en Francia.

Punto de salida (y llegada)
La de hoy es organizada por el Club Ciclista de Yepes. En la salida nos hemos dado cita unos ochenta ciclistas, calculo yo. El día ha amanecido muy agradable y propicio, a priori, para no sufrir demasiado. Luego el viento ha hecho de las suyas. Una vez recogido el cartoncito donde registras tu paso por los lugares marcados por la organización, y la hoja de ruta que describe el recorrido y los tiempos de paso, nos hemos puesto en marcha en plan grupeta masiva. Bien pronto algunos grupos se han despegado del grupo general. No obstante, llevar un ritmo demasiado alto no parece buena idea. Los organizadores no solo fijan unos tiempos de paso máximos, también mínimos. Supongo que se trata de dejar claro que no es una prueba competitiva. 

El grupo se ha mantenido razonablemente unido unos 30 kilómetros, después ha empezado a trocearse. Como yo iba solo, me he unido a un grupo que iba quizá más fuerte de mi previsión, pero me he metido en él hasta que hemos llegado al primer punto de control, en Los Yébenes. El ritmo, a pesar de que el viento molestaba de lado, casi 29 km/h. Al reemprender la marcha, los grupos se trocean aún más. Afortunadamente he logrado meterme en uno con otros siete ciclistas. Y es que a partir de Los Yébenes, el viento daba totalmente de cara. Sin convenirlo, nos hemos puesto a dar relevos los ocho durante unos 25 kilómetros. Yo nunca había hecho algo así, me he limitado a observar y hacer lo mismo. Eso ha hecho que el ritmo apenas bajara, pero pronto han aparecido las primeras bajas y el grupo ha quedado desarbolado. Así que, por delante, 25 kilómetros más de viento de cara hasta Retuerta del Bullaque. Ale, toma brevet.

Tampoco me puedo quejar, el ritmo medio hasta el punto más alejado del origen ha sido de más de 27,5 km/h. En la gasolinera sello la credencial (no puedo evitar llamarla así, es que me recuerda El Camino de Santiago), como algo, bebo coca-cola, pis y a darle otra vez. Los siguientes 50 kilómetros son los mejores. Sigo definitivamente solo y no me pasa ni paso (ni veo siquiera) un solo ciclista. Campos verdes, rojos, amarillos, violetas... buitres en el cielo (estamos cerca del Parque Nacional de Cabañeros), montes por todos lados, pocos pueblos, constantes subidas y bajadas, pero lo mejor: el viento de culo. Eso hace que suba la media por encima de 30 km/h después de 150 kilómetros.

Como no me he fijado en los detalles, llegando a Los Yébenes me entran las dudas. El recorrido de ida no es el mismo que el de vuelta. Y cuando llevas 150 kilómetros, las dudas no molan. Consulta la hoja de ruta y resuelvo bien. Aún así, le pregunto a una señora, que se empeña en mandarme por la autovía (¡¡¡Por el amor de Dios, señora!!!). Finalmente encuentro el camino, pero cuando llego a Mora, meto la pata. Como se me está acabando el agua, decido no circunvalar y entro en el pueblo, en busca de una fuente. No la encuentro, pero tampoco me agobia el asunto. Lo que sí pienso es que igual estoy haciendo un kilómetro menos, pero al final todo es un error: aparte de no encontrar agua y pasar un rato consultando el GPS (mientras unos vejetes me dicen que deje la bici y me tome un vermú -lo juro-) compruebo que hecho un par de kilómetros más.

Pero al final encuentro el camino: me quedan 29 kilómetros para Yepes, el viento sigue dando de lado y decido parar un momento (es que llevo ya setenta y tantos kilómetros desde la última parada) y entonces pasa un ciclista. Ni saluda, por cierto. Me tomo lo único que me queda, un gel, y me pongo en marcha sin intención de parar. Al poco tiempo alcanzo al ciclista (al que, por supuesto, saludo con una amplia sonrisa) y la cabeza ya solo descuenta kilómetros.

A unos cinco de Yepes, pasado Huerta de Vadecarábanos, hay una subida deliciosa, prolongada, con viento de cara, sin agua y con doscientos kilómetros en las piernas. Me anima que veo al segundo ciclista en todo el recorrido de vuelta. Y cuando veo la punta de la iglesia de Yepes, aún me animo más.

A partir de ahí, poco más que contar. El cartoncito con los sellos lo dejas en el bar Makeda (muy simpáticos y la coca-cola muy rica), ya que parece ser que la organización lo envía a Francia para su registro. No sé qué implica, pero supongo que me he ganado el derecho a hacer una brevet de 300 kilómetros (creo haberlo leído). De momento, no entra en mi planes... pero entrará. De forma resumida diré que, como experiencia, me ha parecido muy agradable, bastante duro por la distancia y el viento, el recorrido precioso, pero en cualquier caso no hay color entre ir solo e ir acompañado.