lunes, 27 de junio de 2022

Ironman de Niza (2022)

Fue en 2019 cuando le pedí a Jorge que me ayudara en mi plan de hacer un Ironman bien de una vez por todas. Prueba seleccionada: Niza 2020. Vino el COVID y no hubo más remedio que replanificar todo el año, pero sin tirar la toalla. Y no se nos dio nada mal. Siguiente intento: 2021, pero las elecciones francesas obligaron a llevarlo a septiembre y me venía mal (maratón de Vilna). Vuelta a empezar: que sea en 2022… Primera lesión seria en enero, qué se le va a hacer. Y cuando me empiezo a recuperar (marzo, justo cuando me veía ganador en Soria) otra vez a parar un mes y medio. Ya sin apenas margen para volver a correr bien, me resigno a que basta con ser finisher una vez más, pero en abril vuelvo a ser subcampeón de España de media distancia y... todo dudas. No importa, no vivo de esto… best-effort, lo que salga…

A un mes y pico de la prueba, Bullet Bike me dice que no me lleva la bicicleta, que no le salen las cuentas (una y no más, santo Tomás). Menos mal que hay amigos (gracias, Nico) que te resuelven cómo llevarla. Pero llega lo peor: a menos de 48 horas antes de la prueba los controladores aéreos franceses deciden que se cancela nuestro vuelo. Cinco horas después estamos en el coche camino de Niza, porque ya solo tengo una cosa clara: vamos a terminar lo que empezó hace tres años. Menos mal que tengo la familia que tengo. Llegamos a Niza con el tiempo justo para recoger dorsal, pegatinas y todo lo demás; comemos y por la tarde hacemos el check-in con todo el material. Ya solo queda intentar descansar del “ironman” del viaje para hacer el “ironman” de verdad.

Un inciso… una vez leí un artículo que no olvidaré jamás. Simplemente planteaba, en el escenario de una carrera de niños, la duda sobre quién tiene más mérito: el que llega primero a meta entre aplausos, gritos y enhorabuenas o el que tropieza varias veces y no duda en volver a levantarse, aunque sea para llegar el último. Yo creo que la respuesta es que ninguno es mejor ni peor. Y que puedes ser tan bueno como el primero si lo has dado todo. Es mi forma de pensar y no creo que la cambie. Y si en 2016 ya entré con una sonrisa, a pesar del maldito sillín, en 2022 nada me iba a impedir repetirlo.

Por cierto, el Ironman de Niza es encantador. Y sería perfecto con menos calor, menos humedad, menos viento y menos desnivel. El infierno. Y menos mal que el Mediterráneo suele estar tranquilo. Rozaduras múltiples aparte, hice el tiempo previsto. Buena T1. Esta vez la bici está entera, pero el recorrido ha cambiado. Quizá porque en 2016 tenía otra preocupación, La subida al col de L’Ecre fue infernal. Había hoyas con un calor asfixiante. Dudo haber consumido tanta agua nunca. 2.450 metros de desnivel no es gran cosa, pero no es lo mismo con calor que a la fresca. Y aunque la bajada es un placer inmenso (meterte a 60 km/h por túneles excavados en la roca rezando para no haya nada tras la siguiente curva no tiene precio) cuando te acercas a Niza, te esperan 20 kilómetros de viento en contra 100%. Con el pie izquierdo más que dolorido, deseando bajarme a tomar el postre del maratón y terminar el calvario, habiendo visto alguna clavícula rota, alguno echando la papilla, de todo... llego a Niza y mi niña me grita que estoy en el puesto 30. Empiezo a pensar que lo hace para que no tire la toalla, pero es verdad. Y después de 3 años, dejas la T2 y te vas a por la distancia de tu corazón, 42 kilómetros, y empieza el Ironman de verdad, la lucha, a la ida con viento de espalda y a la vuelta con viento de cara. Las palmeras y las banderas lo dejan claro: no es brisa. Ni la carrera va a ser fácil.

Segunda vuelta de las cuatro: sin más información, solo gritos de cariño de mis dos princesas. Tercera vuelta: por fin información. En el km. 28 estoy en el puesto 11. En el 30 y poco ya soy noveno. Y queda una vuelta en la que solo vale algo que me fascinaba cuando era crío en la puerta de uno de los cuarteles militares de mi Alcalá querida (hoy de mi Universidad de Alcalá): TRIUNFAR o MORIR. En la reserva ya, no caben más geles, no cabe más agua, solo la ilusión, las ganas de no defraudar, saber que es ahora o nunca, que te da igual Kona, pero que quieres ir… Como hace seis años, me enfado con los que se paran en los avituallamientos y no me dejan coger agua, paso por la izquierda y por la derecha, pido perdón a los que molesto y ya al final doy a gracias porque los 42 kilómetros son algunos metros menos… y vuelvo a entrar en meta con calambres, pero con la ilusión de un crío.

Séptimo. Por fin un top-ten en un Ironman. Ya solo queda reunirme con mi gran equipazo, intentar descansar y ver qué pasa al día siguiente en el acto de asignación de plazas para el Campeonato del Mundo (la lotería, al fin y al cabo).

Y el lunes a las 10:00 toca bingo, porque cuando has sido séptimo en mi categoría solo te vale tener algo de suerte por una vez (otras veces no la tuve con el sillín, ni con la gastroenteritis, ni con los pinchazos… en algún momento tiene que cambiar la dirección del aire). Y en la ceremonia conozco a Bartomeu, segundo de su GGEE, un crack, y a quien por fortuna acompañaré en Kona. Mientras esperamos me confirma lo que yo suponía: hacer Lanzarote fue muy duro, pero se lo esperaba. Lo de Niza ha sido una barbaridad. Y conozco a un chavalín vasco -primero en su GGEE- que estoy seguro de que si quiere va a brillar en poco tiempo, con su orgulloso padre contándome que han decidido no ir a Kona... e imagino por qué.

Empieza el show. Seis delante, tres slots. El primero no está, empezamos bien. El segundo tampoco está, seguimos mejor. El tercero va a Kona. Vaya, ya solo quedan dos slots. El cuarto tampoco está, cruzamos los dedos. El quinto está y va, luego queda un slot. Y uno delante, solo uno, un tal Giovanni Canapini… pasan varios segundos eternos, dicen su nombre tres o cuatro veces, se hace el silencio y entonces sí, entonces sé que el sueño se ha cumplido, aunque no hayan pronunciado mi nombre, sé que nos vamos a Hawai. Y ese momento va al bolsillo de los momentos inolvidables de mi vida como deportista, a la altura de los dos campeonatos de España de mi niña, y como entonces rodeado de mis seres más queridos. Y escribiendo esto me doy cuenta de que esa alegría es más importante que el premio en sí. Porque en Kona estaré rodeado de grandes triatletas, pero al fin y al cabo yo ya entreno a diario con gente formidable: mi gran alegría es poder estar allí con mi familia.

Termino. Me he buscado un problemilla teniendo que correr el maratón de Londres y seis días después el Ironman de Hawai, pero lo difícil ya está hecho. Y es a toda esa gente con la que he aprendido, reído, disfrutado, ayudado, aconsejado, abrazado y una lista interminable de participios… es a toda esa gente a la que os doy las gracias, por haberme ayudado a hacer mi camino una experiencia vital inigualable. Y no es un tópico: esto no habría llegado sin todos vosotros. Gracias, amigos.

domingo, 12 de septiembre de 2021

Maratón de Vilna

Cuanto tiempo sin escribir...

Dos años y medio después de correr la última maratón y casi por casualidad, el pasado 12 de septiembre me puse detrás de la línea de salida de la maratón de Vilna (Vilnius en inglés), capital de Lituania, en el cajón B para más señas. Y como el cajón B iba de 3:00 a 3:30, justito al final, porque era lo que me entraba en la cabeza: bajar de 3:30. Bien lo sabe un chaval muy majete de Barcelona que, al ver la banderita de España que llevo en la camiseta, se me acercó y con él estuve charlando hasta que se dio la salida.

La carrera tiene poca participación (creo que no llegábamos a 1.000 participantes). Supongo que en un país así la carrera a pie no será el deporte más popular. No hacia demasiado calor (creo que llegamos con 22 ó 23 grados), pero sí algo de humedad para mi gusto. Tampoco el recorrido esespecialmente llano (el reloj marcó 240 metros de desnivel). Y animación, escasísima, a años luz no ya de las grandes maratones internacionales, sino de Sevilla, Madrid o Valencia. Pero no me aburrí: hacia el kilómetro 15, esta vez un sevillano me llamó al ver la banderita y con este fui hasta el kilómetro 30 y tantos.

Seguramente las maratones mejor ejecutadas son las que se corren con regularidad. Y nunca había corrido una maratón de forma tan regular: solo unos 15 segundos más lento la segunda mitad que la primera. Puesto 88 en el km. 10, puesto 85 en el km. 21 (-3), puesto 82 en km. 30 (-3) y puesto 60 en la llegada (-22: modo cacería). Considerando la falta de un entrenamiento mínimamente adecuado, la razón no la sé, quizá haberme visto obligado a correr a un ritmo que me resulta tan asequible... Me lesioné en junio y estuve cerca de una semana sin poder andar, dejaba pasar unos días y al volver seguía igual, casi había decidido no participar; solo a principios de agosto puede empezar a trotar, pero entonces me caí (todavía tengo secuelas), luego una contractura en un isquio, un principio de tendinitis en el Aquiles izquierdo… a finales de agosto vi que por fin podía trotar suavemente y decidí que aún tenía tres semanas hasta el día 12… nada menos... sí, lo sé, estoy tarado.

Por eso, pensaba sinceramente que hacer un tiempo de 3:30 era un éxito. Hubiera firmado 3:20. Pero el caso que me sentí bien toda la carrera. Me alimenté bien y con regularidad, bebía poco, pero casi en cada puesto de avituallamiento, no apreté cuando hubiera podido hacerlo y me mantuve fiel al ritmo que consideraba idóneo para llegar entero. Encontrarme al chico de Sevilla fue un lujo porque también iba muy regular. Solo pasados los 30 km. empecé a notar que se quedaba detrás y me fui para adelante. Por calles prácticamente vacías. Hacia tiempo que no corría nada donde no veía nadie delante, de esas veces que te preguntas si cuando llegues al cruce estará indicado correctamente hacia qué lado debes ir. Sufrí de verdad solamente en las últimas bajadas empedradas del centro de la ciudad. La foto de la legada lo dice todo: estoy mirando a Bego, que me esperaba en 3 horas y media, no veinte minutos antes, diciéndole que yo también estoy absolutamente sorprendido.

Añado algo más: laa bolsa del corredor, inigualable: la mejor que he visto en mi vida. La organización, sencilla, pero notable (era campeonato nacional de Lituania). La animación, muy escasa (los grupos musicales de las grandes maratones se sustituían con un par de coches de RedBull y grandes altavoces 8-). Me parece recomendable si además se aprovecha para hacer turismo, como tantas otras.

A diferencia de otras veces, sé que no he hablado más que de lo deportivo, pero es que la de Vilna ha sido una maratón especial para mi. Bajar de 3:10 con lo poco que he podido prepararla, solo quiere decir lo que ya sé: que esta es mi distancia, mi querida distancia.

Y ahora, a pensar en la siguiente…

lunes, 15 de abril de 2019

Maratón de Boston

Imagino que me tengo que ir acostumbrando a que cada vez iré más despacio. Un pequeño desastre, pero no daré explicaciones al resultado obtenido, porque cualquier cosa que escriba sonara a excusa, algo que odio. Así que intentaré ser objetivo y hablar solo de la maratón misma y alguno cosa más. Y es lo justo  porque, en mi opinión, la de Boston es una maratón de 10. 

La previsión del tiempo era horrorosa desde una semana antes. Fue mejorando poco a poco, pero la lluvia no nos la quitaba nadie... Al final, no llovió durante, pero sí antes de la carrera. A cántaros. La gente se agolpaba en la salida del metro: mejor llegar tarde que ahogarte. En previsión de ello me había cubierto las zapatillas con celofán transparente del ancho y eso me permitió conservar los calcetines secos en los 20 minutos que pasé bajo una lluvia torrencial dejando la ropa y viajando hasta el autobús. Poco después de llegar a Hopkinton (la salida) dejó de llover. Dos enormes carpas, aunque me temo que insuficientes si hubiera llovido allí. Pasé algo de frío, pero nada más. Comida, bebida y aseos de sobra.

Paseito hasta mi cajón, a escuchar el himno... y pum. La maratón de Boston empieza bajando, pero es dura. Es cierto que el desnivel es favorable (por eso no puede ser récord del mundo, además de por la distancia que hay entre salida y llegada), pero es muy dura. Cuando terminas de subir las docenas de pendientes que hay y empiezas a bajar, ya ves delante la siguiente subida. Solo la Heartbreak Hill es algo más larga, pero la dureza no viene de una colina, sino de la suma. Si no me equivoco, ya es llegando a Boston cuando llanea. Y además hay que sumar el clima. Al final no es que lloviera, que casi lo hubiera preferido, es que el calor que hizo y la humedad que sabía que haría, fueron notables, por decirlo con elegancia. Mala suerte.

Pero el recorrido, además de agradable, está lleno de gente de principio a fin. Puede que no sean las hordas de Nueva York, pero es increíble. Hay un punto hacia la mitad del recorrido donde las jovencitas del instituto de al lado salen a animar en masa, ocupando trescientos o cuatrocientos metros... y te dejan sordo. Me sacaron la sonrisa más grande de toda la mañana. Gente animando sin parar a los de las sillas de ruedas, a los marines que hacen el recorrido con el traje militar, que se desgañitan en cuanto identifican tu camiseta como de tal o cual país, con cartelitos de ánimo de todo tipo. Millas y kilómetros bien señalizados. El agua, el Gatorade, los plátanos, todo colocado a derecha e izquierda y con regularidad japonesa. Ni un percance, ni una mala cara... de lujo.


Lástima no haberlo disfrutado más. Siempre he dicho que a la media maratón tienes que llegar fresco, casi preguntándote que cuando empieza la carrera; pero esta vez no me pregunté nada. Sabía que iba roto como nunca lo había estado (aunque pasara en 1:28 y pico) y que lo iba a pasar muy mal. Y así fue. Tuve que andar multitud de veces. No sé por qué me dolían las piernas así. Se me aceleraba el corazón yendo casi parado. A veces me faltaba el aire. Entrando a Boston crece la animación, pero jamás se me había hecho tan cuesta arriba un llano. Cada vez iba más y más despacio. Solo en el último kilómetro apreté un poco, por puro orgullo. Y entré justito por debajo de 3:18. Di todo lo que tenía, porque tenía claro que si había un objetivo irrenunciable era llegar. Punto. Cuando tenía lesiones con 40 años me preguntaba si tendría que dejar de correr maratones. Y aquí estamos, solo hace falta perspectiva para apreciar la suerte que tengo 8-).




Contaré dos cosas más. Dos de los mejores momentos del viaje, de los que lo hacen inolvidable. El primero fue la "Bendición de los Atletas". De camino al Centro de Convenciones para recoger el dorsal vimos que en una iglesia iba a comenzar un acto religioso para bendecir a los atletas. En Youtube se puede ver el de 2018. Una iglesia preciosa, un coro de niños, un coro de mayores, hasta un gaitero, y un órgano para acompañarles a todos. Emotivo, sincero, hermoso, inolvidable. Al final, la pastora (de los varios que intervinieron) preguntó cuántos corríamos por primera vez, luego por segunda o tercera, hasta diez, luego hasta veinte, treinta, cuarenta y finalmente más de cuarenta. Tres personas se levantaron. Les preguntó la cifra: el primero dijo que había corrido Boston 41 veces, el segundo dijo que 48 veces, aquello se vino abajo de aplausos y el tercero se vio obligado a decir "only forty two" 8-). El récord lo tiene un señor con 58 maratones de Boston terminadas. Sin palabras.


Y por último, aunque no tenga que ver con el maratón, contaré que asistí al Boston Garden para ver el segundo partido de los playoff de los Celtics contra los Pacers. Ver un partido en directo de la NBA era un sueño que tenía desde joven. Tenía miedo de que solo estuviera bien, pero fue el mejor partido de baloncesto que he visto en mi vida: los americanos son los reyes del espectáculo. Ya no me quedan ganas de ir a ver partidos de baloncesto, creo que nada va a ser igual ya 8-). Inolvidable una vez más. Casi tres horas de disfrutar como un niño de cinco años, como el niño negrito que tenía delante, que no paraba de bailar y gritar "Defense, defense" y "let's go Celtics", además de festejar cada canasta. Asistía al encuentro también nada menos que Larry Bird, así que pude ver a la leyenda, aunque fuera al otro lado de la cancha.


Y vuelta al presente: el tanteo es 4-2; es decir, solo quedan Tokio y Londres... si es que no meten Seúl o alguna ciudad de Suráfrica, como he leído ya por ahí. Que tampoco me va a importar mucho 8-).

domingo, 16 de septiembre de 2018

Maratón de Berlín


Fue hace poco menos de un año que decidí correr la maratón de Berlín. Entre las formas de inscripción está la de batir una cierta marca, y así lo hice. No sé si conseguir plaza sin esa marca es complicado o no, pero allí había 44.000 personas. Nunca he corrido una maratón en septiembre y decidí que de ninguna manera iba a afectar a las vacaciones familiares, así que el entrenamiento se limitó a mantener cierta forma tras el Ironman de Frankfurt. Entrenamiento de calidad: cero (más exactamente: cero absoluto).

La inscripción para Berlín no es barata si comparas con otras maratones más cercanas, pero es barata si la comparas con las maratones de Nueva York, Chicago o Boston. Aunque, eso sí, si quieres una camiseta de finisher, te la compras. Y si no tienes chip, 6 euros por el alquiler. Y tienes que optar por guardarropas a la llegada o poncho, ambas o no. En fin, que las chuches te las pagas tú.

La pulserita
La feria del corredor, donde recoges dorsal e imperdibles (que no se respire pobreza) y la pulserita, está en el antiguo aeropuerto de Tempelhof, cerrado en 2008 porque no pueden aterrizar aviones grandes y al ser tan “urbano”, no puede crecer. La feria, como todas, salvo por el pedazo BMW que se supone que abría carrera. Compré geles (que se me habían olvidado en casa) y me hice con un cartel de recuerdo. No me queda claro por qué me revisaron la mochila al salir ¿no debería ser al entrar? Quizá era por si había robado las llaves del BMW. En fin, cosas de alemanes. Como el transporte público funciona de lujo, el mismo billete (familiar) para venirte del aeropuerto te vale para moverte por todo Berlín y volver al hotel. Igual de cómodo que aquí.

6:00 AM. Arriba. He dormido bien y me encuentro bien. Desayuno, visitas a Roca las veces que haga falta, revisar todo con cuidado y una vez que estamos listos, toda la familia hacia el Tiergarten. No sé si alguna vez he tenido menos nervios en una carrera, probablemente porque no siento ni la menor presión. Las piernas están para poco más que acabar, así que la estrategia es trivial: salir a un ritmo cómodo hasta que deje de serlo, y en ese momento, seguir a ese ritmo incómodo hasta que cruces la meta.

La salida...
Ya en mi cajón (C), se me acerca un chaval con camiseta roja de un equipo riojano y me dice: “Hola, yo conozco a Abi”: qué pequeño es el mundo. Después de saludarnos, me empieza a comentar sus tiempos y sus expectativas… y me recuerda a mí mismo hace muchos años. No le cuento que yo no he hecho ni una serie, que entreno muchas veces sin reloj, que estoy allí por puro placer y que llevo el reloj porque he quedado con mi familia en el punto de encuentro a una cierta hora. Lo mejor es que nos distraemos charlando hasta que presentan a los tres hombres y mujeres favoritos. Como en Nueva York, impresiona estar tan cerca de los mejores, alucinante saber tres horas después que nunca antes había estado tan cerca de un récord mundial. Enseguida comienza a sonar música celestial (creo que de Jean Michael Jarre), mientras el speaker dice “sixty seconds... thirty seconds”, la piel de gallina una vez más y… ¡pum!

Km. 19: animación de lujo
No he descansado bien durante meses. Es toda la explicación que puedo dar para explicar el estado de mis piernas y el resultado posterior, pero ya es tarde para llorar. Me dejo llevar y los kilómetros empiezan a caer según lo planeado, más o menos a 4:10. Las piernas se quejan desde el primer kilómetro, pero eso es todo: la cabeza manda, es de lo que estoy orgulloso: nunca falla. El ambiente es fantástico, la temperatura es buena (algo más de fresquito no me hubiera importado), no hay sufrimiento relevante. Hacia el km. 14 veo un negrito caminando (luego supe que era una de las liebres, que ya había explotado). Sigo cómodo (si sentir las piernas como las siento es estar cómodo 8-). Pero cruzo la media en 1:28:30 y aunque sé que queda lo bueno (digo, lo malo) empiezo a fantasear con que podría bajar de 3 horas, dado que sigue sin costarme apenas seguir el ritmo que llevo. 

Km. 32: cariñitos a la familia
Pero no. En el km. 25 se materializa "la maldición de mi tía Paca". Hace unos años nos encontramos en un velatorio, le dije que estaba muy bien y que hacía mucho deporte. Y me dijo que aprovechara porque cuando llegara a los 53 años, entonces me iba a enterar. Silencio absoluto… Maldita sea ¿sería verdad? Era verdad: uno de los músculos isquiotibiales que yo tengo en la pierna derecha (o todos, no sé) se empezaron a contraer sin remedio. Bromas aparte: ya había pasado por ello en Castellón en 2010. Si seguía trotando y medio cojeando la molestia solo era molestia, pero si apretaba, aquello subía de intensidad… y me iba a pasar lo que en Castellón. En el km. 31 me paro en un puesto médico para pedir ayuda (o sea, help). Desgraciadamente di con el único médico alemán que no habla inglés y que no entiende la palabra “contracture” ni siquiera “contraction in this muscle” (ya hablando como los indios) mientras le señalo el músculo con los dedos. En fin, se me ocurre decirle que si tenía Réflex (que ahora sospecho que es una marca española), con el mismo resultado: el tío empeñado en darme vendas, tres o cuatro veces. Total, que le doy las gracias y a seguir padeciendo. Supongo que al verme ir pensaría “pues no estabas tan mal si te vas sin las vendas”.

Avituallamientos cada 4 kilómetros o menos. Muy bien, menos la alfombra de vasos de plástico (somos muy guarros): no quiero pensar cómo queda el suelo cuando pasa el último. Muchísima gente y animando bien, pero eso sí: hay algo que es muy mejorable en la maratón de Berlín es la animación musical. En Nueva York solo había grupos de rock y alguno de góspel, pero con alegría, leches. Aquí es deprimente: jazz, cantautores tipo Lluis Llach, cantos regionales, bandas de barrio tristes, música clásica, pop… y alguna de rock o de percusión. Mira que me gusta casi cualquier tipo de música, pero para correr, poco más que rock… y cuanto más duro mejor.

Acabo. Me pasa mucha gente, como era lógico. Me alcanza el globo de las 3 horas. Así que ya solo queda arrastrarme. Como la pierna derecha no puede trabajar al 100%, la izquierda se come el trabajo (menos mal que no me lesioné). Es ahora, viendo las fotos del final cuando veo cómo me ha cambiado la cara. Pero el cielo está cerca: cruzar por debajo de la Puerta de Brandenburgo, a unos 300 metros de la meta, es un momento precioso si piensas en lo que representa esa puerta; sigo (pensando que al menos estoy haciendo el mismo tiempo de mi primera maratón) y cuando quedan 100 metros lo oigo: “Two hours, one minute, thirty nine seconds”. El italiano de al lado me mira con los ojos abiertos y yo asiento con la cabeza: “sí, lo que crees que has oído es lo que has oído”. 

Antes de acabar, mi opinión sobre ese récord del mundo, visto que es fácil encontrar comentarios de gente hablando de doping. Soy naturalmente confiado, creo que los deportistas no son tramposos y que todo el mundo merece credibilidad, a priori. En la foto se ve un recorte del diario AS con las predicciones de la revista Track and Field para el año 2000. Es de 1984 y me dio por guardarlo entonces a ver… El récord en maratón estaba entonces en 2:08:13 y para 2000 pronosticaba 2:04:20. Y creo que no se consiguió hasta bien después. No es fácil, pero los límites deportivos son para romperlos, y se rompen. Lo pongo solo por dar perspectiva.

El problema es que lo ha conseguido como Usain Bolt consiguió el 9’58 en los 100 metros, como alguien que está por encima de los mortales. Pero es que este señor siempre ha sido un crack (no es alguien del montón que de repente despega). De niño trabajaba como cabrero, y como a tantos keniatas, le tocaba ir al colegio y volver corriendo. He leído que es muy metódico en sus entrenamientos y además tiene la edad perfecta. Y luego está Berlín, el reino de los récords mundiales, por lo que sea (aunque yo casi he hecho la peor marca de mi vida 8-). Si encima añades buenas liebres a la coctelera, yo me creo el récord. Es mi opinión.

Termino: Nueva York, 10; Berlín, 9; Chicago, 7.

domingo, 8 de julio de 2018

Ironman de Frankfurt

Find your name!
Pocos días después de terminar Zurich en 2017, junto a la estación del tren cremallera de St. Gervais, el que sube al Mont-Blanc, me inscribí en Frankfurt. Un año con un objetivo único: mejorar sustancialmente mi marca personal. Había que intentar mejorar la natación y ser mejor ciclista. Y eso es lo que he intentado lograr durante un año, con algún éxito, creo yo. Pero no conseguí el objetivo, y aunque solo hayan pasado dos días, el resultado es es que tanto esfuerzo personal y familiar parecen inclinar la balanza del lado del “para ya un poco, majo”.

Ciertamente ha sido un año cuajado de pruebas de las que no corría nunca: la cicloturista Nor3xtrem, el campeonato de Madrid de duatlón 10-40-5, el campeonato de España de duatlón sprint por equipos, los medios de Guadalajara (campeonato de España de media distancia), Valencia y Logroño, para terminar con el Ironman de Frankfurt (campeonato de Europa). Y es así, midiéndote con los “buenos”, cuando te pones realmente en tu sitio: un buen baño de realidad nunca viene mal.

Con Frodeno
Viajamos a Frankfurt el viernes, de madrugada. La bicicleta y el material los habíamos mandado por carretera, así que el viaje fue muy cómodo. El hotel, perfecto, a unos cientos de metros de todo el sarao deportivo. Esa misma tarde recogemos la bicicleta, dorsales, etc. y acudimos a la cena de la pasta. El sábado por la mañana nos vamos a la T2 a dejar las zapatillas y por la tarde a la T1 para dejar las bicicletas, subidos en plan sálvese quien pueda en autobuses urbanos. Allí memorizamos el recorrido y nos hacemos una foto con un chaval bastante simpático que, según me dijeron, ha sido campeón olímpico y campeón mundial.

Nos volvemos al hotel a descansar un poco y después nos vamos a cenar al restaurante Ruccola. Un helado de postre y, aunque es pronto, toca descansar. Acaba costando un poco porque esa tarde jugaban los croatas y ganaron. Y en Croacia debe ser costumbre tocar el claxon hasta que explota o bien la policía te pegue un tiro.

Falta José Luis
A las 4:00 ya estamos arriba, listos para desayunar. Y a las 5:15 cogiendo el autobús hacia la salida. Revisamos la bicicleta, inflamos las ruedas, lo dejamos todo preparado y cuando ya estoy listo caigo en que no me he echado protección solar: bravo. Ya he entregado la bolsa, no hay tiempo. Los pros salen 10 minutos antes. Hay rolling start, y como estamos al final, tardamos bastante en salir. Las idas cómodas, las vueltas con el sol de cara. Por primera vez nado constante, adelantando más que gente de la que me adelanta, y solo me desoriento de verdad una vez (el sol) y tengo que hacer un ángulo recto de 30 ó 40 metros para no saltarme la última boya triangular. 1:13 no es lo que buscaba, pero mejora varios minutos a los tres IM anteriores. Buena noticia.

Seis minutos y poco de transición (la media es de más de siete) y a pedalear. Desde bien pronto se le empiezan a ver las orejas al viento. Yo voy bien, no tengo ningún problema, pero no se puede ir tan deprisa como me gustaría. El recorrido es muy alemán, hay animación en algunos pueblos, pero solo es real al pasar por el pueblo de la calle empedrada (sobre todo porque suena Aerosmith) y en el paso intermedio por Frankfurt. Eso sí, es un Ironman: bien señalizado, bien avituallados… y bien amonestados los que vi amonestar. Como siempre, ves personajes curiosos: la fauna IM. Hacia el 170 veo a Nico, que está de pie al borde de la carretera y me dice que está bien y que no me preocupe… Increíble la experiencia, pero que lo cuente él, porque da para un libro. Solo puedo decir que es un orgullo solo conocerle. Por si fuera poco el viento (hasta estoy orgulloso de la media de 31 km/h.) son 185 kilómetros (estábamos avisados), así que cuando llego a la T2 ya llevo casi 7 horas y media y pierdo la ilusión de bajar de 10 horas y media.

Llegando ya...
Menos de tres minutos en la T2 (la media era de cuatro) y a correr por la ribera del Main. Allí están todas nuestras mujeres y algunos pequeños, pasando de un lado al otro del puente y dándolo todo por animarnos. Deben ser cerca de las 14:30 cuando empiezo a correr. Hace calor, estoy cansando y desmotivado, esa es la verdad.  Pero hay que seguir y, sobre todo, no parar. Me avituallo según lo previsto. En la última vuelta Bego me grita que el equipo de nuestra hija ha ganado la final del campeonato de voleibol de Espinho categoría sub 18… cómo me conoce: no hay gel que se compare a escuchar eso. También en las dos últimas vueltas me acompaña un rato Carlos, un compañero de Maratid que ahora trabaja y vive en Frankfurt (gracias, tío: lástima no estar de mejor ánimo y hacerte sudar un poco más). Me deja a 500 metros y voy entero, así que busco brazos con pulseras rojas (última vuelta) para que no me quiten ser el protagonista de ese momento indescriptible que es entrar en el corredor de la gloria donde gritan tu nombre y le recuerdan a todos que eres finisher, poniendo así el broche final a tantísimo esfuerzo.

La familia Complutum en Frankfurt
Gracias Rober por ser tan sencillo cuando es evidente que eres mejor que muchos élite, gracias Ángel y Julio por vuestra determinación para llegar a pesar de los obstáculos (aunque en carrera Ángel me dijera que era el último, todos sabemos que no lo va a ser), gracias José Luis por compartir la frustración de la natación, pero también las risas de resignación y sobre todo la gloria de llegar casi juntos, y gracias Nico por enseñarnos qué es ser una buena persona, sin matices. Pero sobre todo, gracias a nuestras mujeres por regalarnos tantas horas de su tiempo durante tantos meses, por pasar tantas horas de pie animándonos a seguir cuando a uno le entran ganas de parar y esta vez, en especial, por seguir aguantando a estos imbéciles que ni siquiera os sacan una cerveza después de teneros tantas horas esperando. Supongo que fue tanto el esfuerzo que entre los seis no sumamos uno. Pido perdón.

Cuatro veces IM finisher ya, resultados deportivos parecidos y, curiosamente, las sensaciones que me han dejado cada IM se parecen como un higo a una castaña. A base de tropezar, uno va aprendiendo, y este lo había preparado mejor que ninguno de los anteriores, por lo que quizá me había hecho unas expectativas sin base y me ha quedado este mal sabor de boca; pero se me pasará, seguro. Siempre que he dicho que era el último maratón que hacía, sabía que era mentira. Con el Ironman no es diferente, pero creo que el año que viene prefiero descansar y buscar retos diferentes (en paralelo a un triatlón más humano, eso sí). Diría que ahora toca descansar, pero en septiembre toca recorrer el bulevar Unter den Linden por debajo de tres horas 8-), aunque esa será otra historia...

domingo, 10 de junio de 2018

Valencia 113


El objetivo deportivo de este año tendrá lugar, Dios mediante, el 8 de julio en Frankfurt. Cruzo los dedos. Tras la experiencia del año anterior, en lugar de buscar un medio a tres semanas, decidí participar en el de Valencia, a cuatro semanas. Así que reservamos un hotel cerquita de la zona cero y para ya que nos fuimos el sábado por la mañana con todos los bártulos.

Me había tomado la semana con calma para no poder echarle la culpa al cansancio: para no poder ponerme excusas, vamos. Y según el resultado, mirar al día 8 con unos ojos u otros. Después de comer, descansar un poco del viaje y ver la prueba de relevos de Nottingham, nos vamos a recoger dorsal y dejar la bicicleta. Muy chulo el maillot Viator, por cierto. Allí me encuentro con Rubén Espinosa, que también va a hacer el half. Y como comprobé al día siguiente, con un tiempo formidable (cómo ha mejorado el chaval). Y también me encuentro y charlo un rato con Ramiro Lahera (el presidente de la Federación Madrileña de Triatlón). Resulta que estamos en el mismo G.E., así que "acuerdo" con él en que me ganará en la bici y yo le pasaré corriendo 8-).

Por la noche, cena en la pizzería “Viva Napoli”, muy recomendable. Por cierto, si se va en grupo, pizzas de medio metro y metro entero para compartir. Y babà de postre (dulce napolitano). Muy agradable pasear por Valencia a esas horas y en estas fechas. Tras el paseo nocturno, a ultimar detalles y descansar.

Boxes
Domingo, 5:30, para arriba. Un desayuno suave y a dejarlo todo en boxes. Fauna nocturna abundante por todo el paseo: imagino que para ellos los raros somos nosotros, pero ver a un individuo hecho y derecho dando saltos a las seis de la mañana por una playa gritando que es la reina de los mares, no me parece buena forma de empezar el día, ni de acabarlo. Ya en el box, susto matutino, para variar: la rueda trasera en el suelo. ¿Pinchazo o es que al desinflarla el día antes me dejé el “pitorrito” de cierre abierto”? Decido inflarla, veo que se mantiene, me voy al hotel a por el neopreno y a ver dentro de 20 minutos cómo está. A la vuelta, la rueda parece no haber perdido presión, así que me voy menos preocupado al agua a mover un poco los brazos. Neopreno permitido para todos. Agua fresquita, ma non troppo.

A por la bici
La natación, como todo este triatlón, es a una sola vuelta. Para alguien que empieza lento y acaba rápido es lo mejor que te pueden decir. Me gusta saber que si adelanto a alguien gano una plaza y que si me adelantan la pierdo. En los triatlones habituales no tienes esa información, sobre todo en la carrera a pie. Creo que es la primera vez que hago uno de larga de distancia así. Pierdes animación, cierto, pero yo lo prefiero. El mar está muy tranquilo, afortunadamente. Aunque no disfrute nadando en tropel, ya no lo paso mal en el agua, como me sucedía al principio. Somos los últimos en salir (después vienen los del olímpico), así que buena noticia: todo el que supere, al menos hasta la última boya, donde nos juntamos con los del olímpico, está detrás. Me da la sensación de que estoy nadando “no tan mal como siempre”. Y visto el tiempo final (33:33) y la posición relativa después (en la mitad), lo confirmo.

Entrando a T2
Contento con la transición, supongo. Salgo con las zapatillas caladas y se lía una buena montonera porque la gente se tiene que subir tres metros después de la línea, aunque luego tarde 20 segundos en arrancar. Me alejo como puedo y me subo bien. El problema es calarse las zapatillas por un carril bici flanqueado por bordillos y rodeado de montones de ciclistas (nos mezclamos los del half con los del olímpico), pero sin percances. El recorrido en bici es muy rápido. A la ida el viento molesta y vas subiendo, pero aún estás fuerte. Mi velocidad media hasta el kilómetro 31 es de 30 km/h. Aún siendo un recorrido de subir y bajar, las rampas son cortas. El supuesto puerto pasado Náquera no es tal (conocido como Gran Premio de Náquera...) o yo no me entero ni de que existe. Eso sí, es verdad lo que comentaron en la charla técnica: el paisaje de la sierra Calderona es muy bonito para ser la costa. Cuando me entero de que he llegado arriba es cuando veo que empiezo a bajar, con el aire medio de lado, medio de culo. Y ya no hay mucho que contar: velocidad media, más de 36 km/h. Por cierto, que es el único tramo donde pierdo algunas posiciones (6). Afortunadamente no ha llovido, como esperaba todo el mundo.

Terminando
La T2 la hago bien, creo yo, y a correr. Me siento entero y como a mi edad ya me hago una idea de lo que es un medio maratón llano (¿cuántos habré corrido en mi vida?), desde el primer metro decido controlar el ritmo. A Ramiro le paso en carrera, todo según lo planificado (lo siento, presidente). El recorrido es demasiado “urbano”; la gente no molesta, pero bicis y viandantes compartimos trazado. Aún así, avisados como estábamos en la charla técnica, me parece hasta bien. ¡Ah! otra humorada de la organización: por lo visto, se cronometran cuatro tramos y dan un premio (The Walking Dead) al que porcentualmente más baje el ritmo. Desde el principio tengo claro que es un premio que no me voy a llevar. De hecho, la segunda mitad la hago solo 27 segundos más lenta que la primera 8-) y paso a 72 triatletas. Hora y media para 21,1 kilómetros (bien medidos, por cierto).

Buen tiempo final: 4:34:00. Sin olvidar que solo eran 82 km. de bicicleta, no está mal.  Avituallamiento rápido y para el hotel, donde han tenido el detalle de dejarnos la habitación para poder ducharme. Al bajar, Bego me da la buena noticia: tercero de mi G.E. así que una muesca más en el revólver. Como curiosidad final, aunque sabía que se hacía en algunas partes, nunca había visto el bonito detalle de que los jueces haciendo el pasillo al último en entrar.

Pasillo al último finisher


domingo, 30 de julio de 2017

Ironman de Zurich

Más de 160 kilómetros nadados, cerca de 5.000 en bicicleta y casi 1.000 corriendo. Con la misma ilusión desde el día que empiezas, cuando madrugas para meterte en el agua a las 7 de la mañana, cuando haces malabares para encontrar horas de bicicleta cada fin de semana o juegas al sudoku, como dice José, para encajar tus entrenamientos de carrera con el resto de tu vida. La misma ilusión durante meses, hasta que dan la salida y te metes en el Zürichsee y ya no hay posibilidad de cambiar nada, la historia es la que ha sido y no otra. Da igual que hayas dado lo mejor de ti porque la suerte está echada. Si algo se tuerce, tienes que asumirlo y poner buena cara, porque esto no son matemáticas, porque esto no es lo más importante del mundo y, sobre todo, porque los demás no tienen por qué aguantarte tus lamentos.

El IM de Zurich no salió como yo he estado soñando durante todo el año. Pero no me importa; es más, dejaría esto antes que dejar de soñar cada día. Y además ¿de qué me puedo quejar yo este año? Segundo en Sevilla, primero en Madrid y primero en Guada. Momentos inolvidables rodeado de mi familia deportiva. Seguramente cometí errores, pero aprenderé de ellos y lo haré mejor a la siguiente. Para los de a pie, solo sirve "buscar la suerte", sola no va a llegar.

Con Julio
La natación de este IM tiene un recorrido muy claro (muy suizo). La salida es del tipo rolling start. Me puse al principio del grupo de 1:10 a 1:15 y no lo pasé mal (algún golpazo que otro, lo normal), pero salió como siempre: mal. No sé si algún día nadaré medio bien. Me dicen que fueron 4.000 metros y que salí a la mitad del pelotón, pero no me sirve para mis objetivos. Me llevé algún par de golpes de los buenos y en cada boya del tramo largo pensaba que girábamos hacia meta, pero no cedí en ningún momento. De verdad que en la bicicleta me dolían los brazos, no pude nadar mejor. Aún así, mi preocupación era hasta qué punto estaba recuperado del bajón de la semana anterior, cuando a los 500 metros me tenía que parar a respirar. Y la natación la superé sin mayor agonía. No hubiera firmado el resultado, pero salí aún entero.

La mejor animación del mundo
La T1 supongo que normal (siempre hay alguien que te pregunta que qué hace con la bolsa azul). El recorrido de bicicleta es simplemente precioso, con vistas de los Alpes, todo verde, mucho avituallamiento, etc. Seguro que se disfruta un montón paseando, pero no tanto cuando a los 180 kilómetros se le añade el calor, la humedad, las cuestas (nada que no supiéramos) y el viento, de cara la mayor parte del tiempo. Supe que el cuerpo no estaba recuperado al empezar a bajar hacia Zurich la primera vez, km. 70. Había comido y bebido, pero iba muerto. Como Bego me esperaba en la colina, estaba resuelto a pararme, llorarle un poco y pedirle perdón por tirar a la basura tanto sacrificio. Pero llegas a esa colina y te sientes Dios. Brutal. Y con nuestros nombres escritos en el suelo por nuestro dream team de supporters. Me dio vergüenza, no dije nada, apreté un poco y seguí para adelante. Nada iba a cambiar, pero no se merecían ni un lamento. En la segunda mitad dejé de mirar la media. Ya sabía lo que estaba pasando. Se me pasó (sinceramente) por la cabeza la idea de pararme, descalzarme y tirarme al lago para refrescarme. Daba igual ya, todo iba a ir a peor. Pero no lo hice, claro. Menos mal que no lo hice. Vuelta a subir, vuelta a bajar. 81 km/hora en la superbajada: no brain, no fear. En algún momento perdí el bote de herramientas. Lo que me faltaba ya: pinchar y no poder arreglar el pinchazo. Y en algún otro momento, perdí las sales. Y en algún momento más me atacó una avispa, que tenía muy claro que en mis labios había azúcar. En fin, que todo puede empeorar llegado el caso. Pero seguí apretando los dientes, con más corazón que otra cosa, y llegué de nuevo a Zurich, colina (esta vez sin apenas animación, claro) y vuelta al Landiwiese. Por cierto, finalmente me decidí a, por primera vez en competición, bajarme descalzo en marcha. Quería ganar unos segundos más Lo había ensayado varias veces, así que no salió mal del todo.

Llegada
Bien la T2, creo yo. Pero claro, 30 grados, humedad, muerto y a por un maratón. Todo muy racional, muy de sentido común, de lo que siempre presumo. Sé que esto no va a ser Niza ni por asomo. Y allá que vamos, sin cronómetro (lo paré y solo miraba el reloj para ver si llegaba a la cena). El recorrido es más bien feo e incómodo. Cuatro vueltas con cuatro pasos subterráneos cada una. Eso sí, la organización, perfecta, recorridos cerrados, avituallamientos constantes y sin que faltara nada, animación razonable, nuestros familiares coreando cada paso. Muchos españoles y muy majos. Especial agradecimiento a los fans del Clavería, que también nos animaban (como los nuestros a ellos, faltaría más). Fui poco a poco, más lento en cada vuelta, pero como siempre, sin parar (a pesar de todo, segundo de mi categoría, esta vez no fui primero, bastante hice 8-). Al final, poco más de 11 horas. Decir que aunque el tiempo sea de pena, estoy orgulloso es poco. Estaba al 80%, pero me aseguré de dar el 100% de ese 80%.

Podio de clubes
Mis compañeros tuvieron suerte desigual: Rober brilló, como siempre (segundo en su categoría, delante de algunos pros); y José también lo hizo. José Luis sufrió, pero terminó su primer IM: ahora saber lo que es esto, y espero que vuelva porque tiene clase de sobra para hacerlo más que bien. Nico tuvo que abandonar (no era su día) y Ángel y Julio tuvieron que aflojar porque sus estómagos tampoco tuvieron el día. Respuestas diferentes de grandes deportistas a una prueba extrema. La dureza era tal que hubo que enviar a toda la armada para conseguir, a pesar de todo, un éxito más. El IM de Zurich causó bajas, pero nos reconoció una victoria: segundo club clasificado en la división III de clubes Ironman. Lo que nos clasifica para el campeonato de Europa del Este y África (EMEA). Supongo que es otra estrategia comercial de la franquicia Ironman y que no tiene mayor importancia que la que se le quiera dar, pero yo pude subir a recoger nuestra ovación con el mejor deportista que conozco. Me da igual si suena ñoño, ridículo o insincero, para mi no lo es. Y ojalá hubieran estado mis otros cinco compañeros para redondear la foto, porque esta la imprimo y la cuelgo donde se vea bien. 

El único momento malo de toda la aventura fue oír decir a Rober "Nein" cuando dijeron su nombre en la asignación de slots para Hawai. Qué pena no tener más calidad, haber conseguido slot yo también y haber viajado juntos. Hubiera sido... uf. Seguiremos intentándolo, que es lo que mismo que decir que seguiremos soñando.