Hace años me hablaron de algo que se llamaba “brevet”, recorridos ciclistas no competitivos a realizar en un tiempo máximo. El chiste tonto es que debería llamarse “larguet”, porque la más pequeña son 200 km. Luego supe que había una especie de “brevet olímpica” en Francia, que se celebraba cada cuatro años desde hacía más de un siglo. Para poder participar tenías que acreditar antes cuatro brevets, de al menos 200, 300, 400 y 600 km. Porque la “brevet olímpica” en cuestión, que se celebra cada cuatro años, son 1.219 kilómetros, de París a Brest y vuelta en menos de 90 horas. Durante el recorrido se debe pasar por determinados controles, dos de ellos desconocidos a priori. En esos controles se sella una tarjeta, que cuidas como oro en paño todo el viaje.
Hablando del GPS, realmente no es imprescindible. Jamás he
visto semejante nivel de señalización en una prueba de ningún tipo. No he visto
ni un solo punto en 1.200 kilómetros que me hiciera dudar del recorrido. Por
cierto, cuando salí de Brest (de noche) no pude fijarme, pero al día siguiente
comprobé que ya no ponía BREST en las flechas, sino PARIS: sonrisa enorme.
Volvíamos a casa.
Quiero aclarar que aunque he dicho que deportivamente
hablando no requiere ser un gran ciclista (al fin y al cabo me han sobrado 14 horas) y que sobre todo hace falta
equilibrio, seguridad, confianza, etc., no deja de ser una prueba destructiva.
En mi caso llegué con dolores intermitentes en la planta de un pie, dos dedos de
una mano insensibles (me dicen los expertos que no me preocupe, que se pasa en unas semanas,
las cervicales molidas, rozaduras exageradas en los apoyos en el sillín, molestias
en una rodilla y un talón de Aquiles (por tener que ponerme de pie tanto a
causa de las rozaduras) y mejor paro de contar 8-).
Hoy he sabido que el récord de participaciones lo tienen dos
personas, que la han terminado 13 veces. Es alucinante. Deben tener más de 70 años. Yo no sé si volveré a hacer algo así o
no. Y es que ha sido muy muy duro (y peor que podría haber sido con lluvia y
más viento). Aunque la satisfacción es también enorme y he aprendido mucho.
En todo caso, es recomendable hacer esto acompañado, para asegurar un ritmo
mejor (llegar antes es descansar más tiempo), ayudarse en caso de avería, agotamiento, lesión, etc. De hecho, el último día tuve la suerte
de poder unirme a un grupo de gallegos, fantásticos deportistas, con
experiencia y encantadores compañeros de viaje (gracias a Borja, Manolo, Gordo,
Ferreiro y… no me acuerdo de más nombres). Fuimos más rápido, gastamos bromas, arreglamos juntos algún pinchazo: para mi fue una pequeña gran ayuda al final del viaje.
Termino. No se lo recomiendo a nadie, excepto a aquellos que
puedan entender qué se siente cuándo recorres 1.219 kilómetros en 76 horas, con
la única compañía real de tu preciosa Focus Cayo.












