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lunes, 27 de junio de 2022

Ironman de Niza (2022)

Fue en 2019 cuando le pedí a Jorge que me ayudara en mi plan de hacer un Ironman bien de una vez por todas. Prueba seleccionada: Niza 2020. Vino el COVID y no hubo más remedio que replanificar todo el año, pero sin tirar la toalla. Y no se nos dio nada mal. Siguiente intento: 2021, pero las elecciones francesas obligaron a llevarlo a septiembre y me venía mal (maratón de Vilna). Vuelta a empezar: que sea en 2022… Primera lesión seria en enero, qué se le va a hacer. Y cuando me empiezo a recuperar (marzo, justo cuando me veía ganador en Soria) otra vez a parar un mes y medio. Ya sin apenas margen para volver a correr bien, me resigno a que basta con ser finisher una vez más, pero en abril vuelvo a ser subcampeón de España de media distancia y... todo dudas. No importa, no vivo de esto… best-effort, lo que salga…

A un mes y pico de la prueba, Bullet Bike me dice que no me lleva la bicicleta, que no le salen las cuentas (una y no más, santo Tomás). Menos mal que hay amigos (gracias, Nico) que te resuelven cómo llevarla. Pero llega lo peor: a menos de 48 horas antes de la prueba los controladores aéreos franceses deciden que se cancela nuestro vuelo. Cinco horas después estamos en el coche camino de Niza, porque ya solo tengo una cosa clara: vamos a terminar lo que empezó hace tres años. Menos mal que tengo la familia que tengo. Llegamos a Niza con el tiempo justo para recoger dorsal, pegatinas y todo lo demás; comemos y por la tarde hacemos el check-in con todo el material. Ya solo queda intentar descansar del “ironman” del viaje para hacer el “ironman” de verdad.

Un inciso… una vez leí un artículo que no olvidaré jamás. Simplemente planteaba, en el escenario de una carrera de niños, la duda sobre quién tiene más mérito: el que llega primero a meta entre aplausos, gritos y enhorabuenas o el que tropieza varias veces y no duda en volver a levantarse, aunque sea para llegar el último. Yo creo que la respuesta es que ninguno es mejor ni peor. Y que puedes ser tan bueno como el primero si lo has dado todo. Es mi forma de pensar y no creo que la cambie. Y si en 2016 ya entré con una sonrisa, a pesar del maldito sillín, en 2022 nada me iba a impedir repetirlo.

Por cierto, el Ironman de Niza es encantador. Y sería perfecto con menos calor, menos humedad, menos viento y menos desnivel. El infierno. Y menos mal que el Mediterráneo suele estar tranquilo. Rozaduras múltiples aparte, hice el tiempo previsto. Buena T1. Esta vez la bici está entera, pero el recorrido ha cambiado. Quizá porque en 2016 tenía otra preocupación, La subida al col de L’Ecre fue infernal. Había hoyas con un calor asfixiante. Dudo haber consumido tanta agua nunca. 2.450 metros de desnivel no es gran cosa, pero no es lo mismo con calor que a la fresca. Y aunque la bajada es un placer inmenso (meterte a 60 km/h por túneles excavados en la roca rezando para no haya nada tras la siguiente curva no tiene precio) cuando te acercas a Niza, te esperan 20 kilómetros de viento en contra 100%. Con el pie izquierdo más que dolorido, deseando bajarme a tomar el postre del maratón y terminar el calvario, habiendo visto alguna clavícula rota, alguno echando la papilla, de todo... llego a Niza y mi niña me grita que estoy en el puesto 30. Empiezo a pensar que lo hace para que no tire la toalla, pero es verdad. Y después de 3 años, dejas la T2 y te vas a por la distancia de tu corazón, 42 kilómetros, y empieza el Ironman de verdad, la lucha, a la ida con viento de espalda y a la vuelta con viento de cara. Las palmeras y las banderas lo dejan claro: no es brisa. Ni la carrera va a ser fácil.

Segunda vuelta de las cuatro: sin más información, solo gritos de cariño de mis dos princesas. Tercera vuelta: por fin información. En el km. 28 estoy en el puesto 11. En el 30 y poco ya soy noveno. Y queda una vuelta en la que solo vale algo que me fascinaba cuando era crío en la puerta de uno de los cuarteles militares de mi Alcalá querida (hoy de mi Universidad de Alcalá): TRIUNFAR o MORIR. En la reserva ya, no caben más geles, no cabe más agua, solo la ilusión, las ganas de no defraudar, saber que es ahora o nunca, que te da igual Kona, pero que quieres ir… Como hace seis años, me enfado con los que se paran en los avituallamientos y no me dejan coger agua, paso por la izquierda y por la derecha, pido perdón a los que molesto y ya al final doy a gracias porque los 42 kilómetros son algunos metros menos… y vuelvo a entrar en meta con calambres, pero con la ilusión de un crío.

Séptimo. Por fin un top-ten en un Ironman. Ya solo queda reunirme con mi gran equipazo, intentar descansar y ver qué pasa al día siguiente en el acto de asignación de plazas para el Campeonato del Mundo (la lotería, al fin y al cabo).

Y el lunes a las 10:00 toca bingo, porque cuando has sido séptimo en mi categoría solo te vale tener algo de suerte por una vez (otras veces no la tuve con el sillín, ni con la gastroenteritis, ni con los pinchazos… en algún momento tiene que cambiar la dirección del aire). Y en la ceremonia conozco a Bartomeu, segundo de su GGEE, un crack, y a quien por fortuna acompañaré en Kona. Mientras esperamos me confirma lo que yo suponía: hacer Lanzarote fue muy duro, pero se lo esperaba. Lo de Niza ha sido una barbaridad. Y conozco a un chavalín vasco -primero en su GGEE- que estoy seguro de que si quiere va a brillar en poco tiempo, con su orgulloso padre contándome que han decidido no ir a Kona... e imagino por qué.

Empieza el show. Seis delante, tres slots. El primero no está, empezamos bien. El segundo tampoco está, seguimos mejor. El tercero va a Kona. Vaya, ya solo quedan dos slots. El cuarto tampoco está, cruzamos los dedos. El quinto está y va, luego queda un slot. Y uno delante, solo uno, un tal Giovanni Canapini… pasan varios segundos eternos, dicen su nombre tres o cuatro veces, se hace el silencio y entonces sí, entonces sé que el sueño se ha cumplido, aunque no hayan pronunciado mi nombre, sé que nos vamos a Hawai. Y ese momento va al bolsillo de los momentos inolvidables de mi vida como deportista, a la altura de los dos campeonatos de España de mi niña, y como entonces rodeado de mis seres más queridos. Y escribiendo esto me doy cuenta de que esa alegría es más importante que el premio en sí. Porque en Kona estaré rodeado de grandes triatletas, pero al fin y al cabo yo ya entreno a diario con gente formidable: mi gran alegría es poder estar allí con mi familia.

Termino. Me he buscado un problemilla teniendo que correr el maratón de Londres y seis días después el Ironman de Hawai, pero lo difícil ya está hecho. Y es a toda esa gente con la que he aprendido, reído, disfrutado, ayudado, aconsejado, abrazado y una lista interminable de participios… es a toda esa gente a la que os doy las gracias, por haberme ayudado a hacer mi camino una experiencia vital inigualable. Y no es un tópico: esto no habría llegado sin todos vosotros. Gracias, amigos.

domingo, 5 de junio de 2016

Ironman Niza

La tarde antes de participar en el Ironman de Niza comentaba que estaba tranquilo porque estaba seguro de tenerlo todo bien atado. Pero no era así: no estaba todo atado. Como reza el refrán anglosajón, “the devil is in the detail”. Si no hubiera sido por ese “detail”, hoy no seguiría enfadado conmigo mismo (se me pasará 8-). Seguramente tendría Hawai a la misma distancia, pero todo habría salido según lo previsto. Estaría igual de orgulloso, pero no enfadado.

Niza Team
Pasado el vendaval, y aunque no he tenido tiempo de meditar mucho, la verdad es que me parece pretencioso hacer un primer Ironman con el objetivo de terminar y hacer el segundo con el objetivo de alcanzar el cielo. No es razonable: tengo cierta edad, no sé si tengo condiciones, pero seguro que no tengo suficiente experiencia. Por eso, como siempre, solo me queda aprender del error. Porque no tengo excusa para el error cometido. Os lo voy a contar, teniendo presente que la diferencia entre una explicación y una excusa es la intención, y mi única intención al contarlo es aprender de los errores, que no vuelvan a pasar.

4:00. Llega el día esperado durante los últimos meses. Tenso, pero poco nervioso. De hecho, he dormido muy bien. Desayuno y hago los últimos preparativos (pegatinas, protector solar, rellenar bidones, hacer sándwiches…).

5:00. Recepción. Taxis, fotos y los ocho (Andrés y familia, Guille, Noelia y Bego) para le Promenade des Anglais. Allí nos esperan Ángel y Raquel.

5:30. Entro al box. Retiro bolsa, dejo bidones y aparatos de medida, reviso frenos, ruedas, cambio… todo aparentemente bien. Me voy hacia la playa. Me pongo el neopreno y entrego la bolsa con la ropa de calle. A la salida...

Rolling start
6:00. Me meto al agua para empezar a calentar. Está menos fría que el día antes (también es verdad que me bañé sin neopreno 8-). Me dirijo a mi puesto estimado para “disfrutar” del rolling start. Entablo conversación con unos andaluces muy simpáticos.

6:30 y pico. Al agua. Le doy al botón. No hay mucho contar. Quería hacer 1:10 y me voy a 1:16. Era obvio que me adelantaba más gente que la que yo adelantaba. También era obvio que estaba haciendo más metros de los necesarios al eludir el contacto. Culpa mía y de nadie más. Isra e Iván hacen más que bien su trabajo, pero soy mal alumno y punto. No tengo más remedio que seguir buscando la mejora (y lo conseguiré, vaya si lo conseguiré). Sin excusas. No importa: hay margen.

7:45 y pico: T1. Nada especial que reseñar. Me subo a la bici, pero ya en los primeros metros noto que algo no va bien, aunque no acierto a saber qué. A los pocos kilómetros ya lo sé: el sillín está flojo. Lo cambié dos días antes y lo probé, pero lo debí probar poco. Menuda faena. Voy bien, pero empiezo a preocuparme porque aquello se mueve: lentamente empeora. Finalmente, en pocos kilómetros resulta casi imposible sentarse y pedalear: me voy hacia atrás. Las subidas las hago todas de pie. No puedo arreglarlo: todo estaba tan "tremendamente" bien atado que deseché llevar llaves para ahorrarme unos gramos. Pregunto a varios corredores y, como yo, opinan que debe haber algún tipo de ayuda mecánica en el col de l’Ecre. Setenta kilómetros y kilómetros y medio de desnivel sin posibilidad de sentarme en las subidas. Las vistas son magníficas, el recorrido es precioso (de verdad, sientes que participas en el Tour de Francia), pero es difícil disfrutar. Sé que voy a llegar arriba, pero ¿se me caerá el tornillo del sillín sin que me dé cuenta?

The day before...
10:45 aprox. Col de l’Ecre. Me dirijo a una árbitro y le pregunto si hay taller o alguien que me pueda prestar una llave Allen. Tengo el sillín colgando de la tija, sujeto en la mano. Me pregunta que desde dónde vengo así… en fin, desesperado. No tiene ni idea de dónde hay algo parecido a un taller, quizá más adelante, allí no. Afortunadamente un ciclista espectador me ve y me acerca la llave. Pero entonces cometo el segundo error: aprieto y aprieto sin fijarme en la posición del sillín. Doy las gracias y salgo pitando para arreglar lo que ya no tiene arreglo, pero pronto me empiezo a dar cuenta de que el sillín está mal nivelado (muy mal, peor imposible). Afortunadamente está fijo, pero radicalmente mal, así que cuando creía resuelto el problema, me entero de que solo me quedan otros 100 kilómetros de calvario.

Resignado me dedico a hacerlo lo mejor posible. Curiosamente, solo voy cómodo cuando subo y me pongo de pie. No hay mucho que rascar. Hasta tres caídas veo, que solo me sirven para resignarme: sería infinitamente peor estar en su sitio (mal de unos cuantos, consuelo de idiota). En las bajadas arriesgo lo que no arriesgo nunca, en las subidas me dedico a echar cuentas para ver si voy a bajar de once horas. Había presumido de que iba a hacerlo y aunque cualquiera lo va a entender, me niego, me da vergüenza. Es más: si no bajo de 10:50 me va a dar algo. Cuando bajamos la Condamine y desaparecen las cuestas, los cálculos son más sencillos y esperanzadores: con una T2 de tres o cuatro minutos, tengo unas 3 horas y 20 minutos para bajar de 11.

Sé que puedo.

14:30. T2 sin problemas. Estoy enfadado, muy enfadado conmigo, pero ya solo queda la rabieta final: aunque no me sirva ya para mucho y yo sea el único culpable de mi resultado, tengo que llevarme algo bueno de Niza. Si correr es lo único que hago bien, que quede por escrito para siempre. Y me lanzo a correr como si tuviera algo que ganar. Tal como me había prometido: sin excusas, por Bego, por mi.

Aunque quede mal decirlo, empiezo controlándome. Veo a nuestras chicas por primera vez y se me pasa por la cabeza acercarme para decirles que “no es el día, pero esto es territorio Manu: atentas”. Durante kilómetros pido paso a unos y otros, me salgo al carril bici, me salgo al carril de vuelta, el reloj no deja de marcar ritmos de película hasta para mi. Un corredor me grita “eso es correr, complutense”: más sonrisas por primera vez en muchas horas. Creo que paso la media en menos de 1:30. El ritmo decae lentamente (lo normal), pero sigue siendo bueno. Aguanto bien hasta el final de la tercera vuelta. Y nuestras cuatro chicas siguen ahí gritando como si fueran cuarenta o más. Ahí ya voy más despacio, pero aquello es “The Walking Dead”: todos van más despacio, mucha gente empieza a andar ya. Me doy cuenta de que en 41 kilómetros solo me ha pasado un triatleta. Llegando me pasa otro. Ya no sé si pararme a darle un beso a las cuatro chicas, pero prometí no dejar de soñar hasta la última zancada y por eso sigo corriendo hasta el último centímetro antes de convertirme en finisher.

Segundo Ironman terminado: rabia y orgullo a partes iguales. Fin de la historia.

The day after...
Ya lo dije antes: “el diablo está en los detalles”. Durante meses has madrugado lo que no está escrito, has robado horas al descanso, has pedaleado y corrido hasta la extenuación en pos de un sueño. Y no solo eso: tu mujer se ha esforzado como tú y te ha regalado muchísimas horas de su tiempo para poner tu sueño más cerca. Pero no ha podido ser. El objetivo era bajar de 10:30, no otro (lo de Hawai entraba, basta mirar el nivel que hay, en el terreno del azar). El deporte es así. La vida, en realidad, es así. No hay ningún drama en todo ello. Al contrario, me considero muy afortunado por los grandes ratos que he pasado junto a esos titanes que son mis compañeros de entrenamiento y estoy más que orgulloso de mi mujer y de mí mismo, feliz de tener los compañeros que tengo (los que han ido a Hawai, los que van a ir y los que ni lo sueñan, pero lo merecen igual) y deseoso de seguir soñando muchos años más.

miércoles, 1 de junio de 2016

No dejaré de soñar

Half de Peñíscola
Después de muchos años pensándolo, hace más de cinco que me dio por saltar definitivamente al triatlón. Pronto me preguntaron si tenía decidido qué tipo de pruebas hacer. Y la verdad es que no tenía ni idea. Siempre he sido demasiado sensato (¿o miedoso?)  para meterme en lo que desconozco (razón por la que seguramente me he perdido muchas cosas, pero uno es como es) y esa vez no fue diferente: no sabía qué quería hacer. Al pasar el tiempo vas entendiendo que si lo tuyo siempre ha sido y sigue siendo la larga distancia, la respuesta es clara. Y tener como reto mi primer triatlón de distancia Ironman casi llegó solo: Vitoria 2014.

Gracias al triatlón he descubierto infinitas cosas en estos años. Por ejemplo, que por muy torpe que seas nadando, puedes mejorar si perserveras en ello; también he aprendido, subido a la bicicleta en este caso, que el dios del viento es un sinvergüenza que te fastidia lo que no está escrito para demostrarte que es más fuerte que tú, pero que también es noble, porque siempre hay un momento en que se hace el silencio y allí donde irías a 28 km/h te sorprendes al doble de velocidad (el dios ha decidido que mereces tu premio); y también he descubierto que puedo seguir corriendo como siempre, y encima sin lesiones. Podría escribir un libro de experiencias nuevas.

Valle "del Corzo"
También gracias al triatlón he conocido a muchísima gente formidable: unos van muy deprisa y otros no tanto, unos hacen distancias cortas y otros largas, unos vienen de la natación, otros de la bicicleta y otro de correr; hay polícias, médicos, banqueros, cocineros, en mi querido club tenemos de todo... Pero lo mejor es toda esa gente que he conocido que sabe reconocer al que lucha por alcanzar sus límites, que vale más el que se cae y se vuelve a levantar, que comparte los malos ratos con el que no busca excusas, que disfruta de los éxitos de sus compañeros tanto o más que de los suyos…

Cuento esto como si fuera una despedida del triatlón o algo así. Y no lo es, en absoluto. Pero sí es cierto que, como dice José, preparar un Ironman es buscarse un segundo trabajo. Y por este segundo trabajo nadie te paga. Es más: pagas tú y, lo que es peor, paga tu familia. A pocos días de celebrarse la prueba no sabes qué te dará más satisfacción: si convertirte en finisher o dejar de estar obligado a dedicar tantísimas horas al entrenamiento. Anhelo volver a tener tiempo para mis docenas de proyectos familiares y personales ¿por qué si no este blog no se mueve desde octubre del año pasado? Y como este blog, tantas cosas más.

Después de 184 kilómetros nadando, 5.600 kilómetros pedaleando y casi 1.200 corriendo, está todo hecho. Varios cientos de horas de entrenamiento durante más de seis meses para llegar a una forma física de la que estoy satisfecho. Antes de mi segundo maratón, allá por 1996 más o menos, un compañero me dijo que no me confiara, que tras terminar el primero todo el mundo creía que aquello era fácil. Y sufrí: tenía mucha razón. No voy a cometer ese mismo error en este segundo Ironman, mi respeto es el mismo, pero tampoco voy a ser conservador: no me vale con llegar.

Ha sido bonito (no: precioso) vivir todos estos meses con la ilusión de clasificarme para Hawai. Llegado el momento de la verdad y habiendo hecho los deberes lo mejor que he podido, lo considero casi imposible: soy un convencido (vale: friki) de la estadística y no me salen las cuentas por más teoremas que aplique. Necesito nada menos que cuatro pequeños milagros (uno en la natación, otro en la bicicleta, un tercero en la carrera a pie y uno último en el sorteo). Pero como creo que en el fondo me conocen bien pocas personas, prometo que voy a intentarlo igual que si fuera fácil, que hasta que cruce la meta, no dejaré de soñar .