domingo, 16 de septiembre de 2018

Maratón de Berlín


Fue hace poco menos de un año que decidí correr la maratón de Berlín. Entre las formas de inscripción está la de batir una cierta marca, y así lo hice. No sé si conseguir plaza sin esa marca es complicado o no, pero allí había 44.000 personas. Nunca he corrido una maratón en septiembre y decidí que de ninguna manera iba a afectar a las vacaciones familiares, así que el entrenamiento se limitó a mantener cierta forma tras el Ironman de Frankfurt. Entrenamiento de calidad: cero (más exactamente: cero absoluto).

La inscripción para Berlín no es barata si comparas con otras maratones más cercanas, pero es barata si la comparas con las maratones de Nueva York, Chicago o Boston. Aunque, eso sí, si quieres una camiseta de finisher, te la compras. Y si no tienes chip, 6 euros por el alquiler. Y tienes que optar por guardarropas a la llegada o poncho, ambas o no. En fin, que las chuches te las pagas tú.

La pulserita
La feria del corredor, donde recoges dorsal e imperdibles (que no se respire pobreza) y la pulserita, está en el antiguo aeropuerto de Tempelhof, cerrado en 2008 porque no pueden aterrizar aviones grandes y al ser tan “urbano”, no puede crecer. La feria, como todas, salvo por el pedazo BMW que se supone que abría carrera. Compré geles (que se me habían olvidado en casa) y me hice con un cartel de recuerdo. No me queda claro por qué me revisaron la mochila al salir ¿no debería ser al entrar? Quizá era por si había robado las llaves del BMW. En fin, cosas de alemanes. Como el transporte público funciona de lujo, el mismo billete (familiar) para venirte del aeropuerto te vale para moverte por todo Berlín y volver al hotel. Igual de cómodo que aquí.

6:00 AM. Arriba. He dormido bien y me encuentro bien. Desayuno, visitas a Roca las veces que haga falta, revisar todo con cuidado y una vez que estamos listos, toda la familia hacia el Tiergarten. No sé si alguna vez he tenido menos nervios en una carrera, probablemente porque no siento ni la menor presión. Las piernas están para poco más que acabar, así que la estrategia es trivial: salir a un ritmo cómodo hasta que deje de serlo, y en ese momento, seguir a ese ritmo incómodo hasta que cruces la meta.

La salida...
Ya en mi cajón (C), se me acerca un chaval con camiseta roja de un equipo riojano y me dice: “Hola, yo conozco a Abi”: qué pequeño es el mundo. Después de saludarnos, me empieza a comentar sus tiempos y sus expectativas… y me recuerda a mí mismo hace muchos años. No le cuento que yo no he hecho ni una serie, que entreno muchas veces sin reloj, que estoy allí por puro placer y que llevo el reloj porque he quedado con mi familia en el punto de encuentro a una cierta hora. Lo mejor es que nos distraemos charlando hasta que presentan a los tres hombres y mujeres favoritos. Como en Nueva York, impresiona estar tan cerca de los mejores, alucinante saber tres horas después que nunca antes había estado tan cerca de un récord mundial. Enseguida comienza a sonar música celestial (creo que de Jean Michael Jarre), mientras el speaker dice “sixty seconds... thirty seconds”, la piel de gallina una vez más y… ¡pum!

Km. 19: animación de lujo
No he descansado bien durante meses. Es toda la explicación que puedo dar para explicar el estado de mis piernas y el resultado posterior, pero ya es tarde para llorar. Me dejo llevar y los kilómetros empiezan a caer según lo planeado, más o menos a 4:10. Las piernas se quejan desde el primer kilómetro, pero eso es todo: la cabeza manda, es de lo que estoy orgulloso: nunca falla. El ambiente es fantástico, la temperatura es buena (algo más de fresquito no me hubiera importado), no hay sufrimiento relevante. Hacia el km. 14 veo un negrito caminando (luego supe que era una de las liebres, que ya había explotado). Sigo cómodo (si sentir las piernas como las siento es estar cómodo 8-). Pero cruzo la media en 1:28:30 y aunque sé que queda lo bueno (digo, lo malo) empiezo a fantasear con que podría bajar de 3 horas, dado que sigue sin costarme apenas seguir el ritmo que llevo. 

Km. 32: cariñitos a la familia
Pero no. En el km. 25 se materializa "la maldición de mi tía Paca". Hace unos años nos encontramos en un velatorio, le dije que estaba muy bien y que hacía mucho deporte. Y me dijo que aprovechara porque cuando llegara a los 53 años, entonces me iba a enterar. Silencio absoluto… Maldita sea ¿sería verdad? Era verdad: uno de los músculos isquiotibiales que yo tengo en la pierna derecha (o todos, no sé) se empezaron a contraer sin remedio. Bromas aparte: ya había pasado por ello en Castellón en 2010. Si seguía trotando y medio cojeando la molestia solo era molestia, pero si apretaba, aquello subía de intensidad… y me iba a pasar lo que en Castellón. En el km. 31 me paro en un puesto médico para pedir ayuda (o sea, help). Desgraciadamente di con el único médico alemán que no habla inglés y que no entiende la palabra “contracture” ni siquiera “contraction in this muscle” (ya hablando como los indios) mientras le señalo el músculo con los dedos. En fin, se me ocurre decirle que si tenía Réflex (que ahora sospecho que es una marca española), con el mismo resultado: el tío empeñado en darme vendas, tres o cuatro veces. Total, que le doy las gracias y a seguir padeciendo. Supongo que al verme ir pensaría “pues no estabas tan mal si te vas sin las vendas”.

Avituallamientos cada 4 kilómetros o menos. Muy bien, menos la alfombra de vasos de plástico (somos muy guarros): no quiero pensar cómo queda el suelo cuando pasa el último. Muchísima gente y animando bien, pero eso sí: hay algo que es muy mejorable en la maratón de Berlín es la animación musical. En Nueva York solo había grupos de rock y alguno de góspel, pero con alegría, leches. Aquí es deprimente: jazz, cantautores tipo Lluis Llach, cantos regionales, bandas de barrio tristes, música clásica, pop… y alguna de rock o de percusión. Mira que me gusta casi cualquier tipo de música, pero para correr, poco más que rock… y cuanto más duro mejor.

Acabo. Me pasa mucha gente, como era lógico. Me alcanza el globo de las 3 horas. Así que ya solo queda arrastrarme. Como la pierna derecha no puede trabajar al 100%, la izquierda se come el trabajo (menos mal que no me lesioné). Es ahora, viendo las fotos del final cuando veo cómo me ha cambiado la cara. Pero el cielo está cerca: cruzar por debajo de la Puerta de Brandenburgo, a unos 300 metros de la meta, es un momento precioso si piensas en lo que representa esa puerta; sigo (pensando que al menos estoy haciendo el mismo tiempo de mi primera maratón) y cuando quedan 100 metros lo oigo: “Two hours, one minute, thirty nine seconds”. El italiano de al lado me mira con los ojos abiertos y yo asiento con la cabeza: “sí, lo que crees que has oído es lo que has oído”. 

Antes de acabar, mi opinión sobre ese récord del mundo, visto que es fácil encontrar comentarios de gente hablando de doping. Soy naturalmente confiado, creo que los deportistas no son tramposos y que todo el mundo merece credibilidad, a priori. En la foto se ve un recorte del diario AS con las predicciones de la revista Track and Field para el año 2000. Es de 1984 y me dio por guardarlo entonces a ver… El récord en maratón estaba entonces en 2:08:13 y para 2000 pronosticaba 2:04:20. Y creo que no se consiguió hasta bien después. No es fácil, pero los límites deportivos son para romperlos, y se rompen. Lo pongo solo por dar perspectiva.

El problema es que lo ha conseguido como Usain Bolt consiguió el 9’58 en los 100 metros, como alguien que está por encima de los mortales. Pero es que este señor siempre ha sido un crack (no es alguien del montón que de repente despega). De niño trabajaba como cabrero, y como a tantos keniatas, le tocaba ir al colegio y volver corriendo. He leído que es muy metódico en sus entrenamientos y además tiene la edad perfecta. Y luego está Berlín, el reino de los récords mundiales, por lo que sea (aunque yo casi he hecho la peor marca de mi vida 8-). Si encima añades buenas liebres a la coctelera, yo me creo el récord. Es mi opinión.

Termino: Nueva York, 10; Berlín, 9; Chicago, 7.

domingo, 8 de julio de 2018

Ironman de Frankfurt

Find your name!
Pocos días después de terminar Zurich en 2017, junto a la estación del tren cremallera de St. Gervais, el que sube al Mont-Blanc, me inscribí en Frankfurt. Un año con un objetivo único: mejorar sustancialmente mi marca personal. Había que intentar mejorar la natación y ser mejor ciclista. Y eso es lo que he intentado lograr durante un año, con algún éxito, creo yo. Pero no conseguí el objetivo, y aunque solo hayan pasado dos días, el resultado es es que tanto esfuerzo personal y familiar parecen inclinar la balanza del lado del “para ya un poco, majo”.

Ciertamente ha sido un año cuajado de pruebas de las que no corría nunca: la cicloturista Nor3xtrem, el campeonato de Madrid de duatlón 10-40-5, el campeonato de España de duatlón sprint por equipos, los medios de Guadalajara (campeonato de España de media distancia), Valencia y Logroño, para terminar con el Ironman de Frankfurt (campeonato de Europa). Y es así, midiéndote con los “buenos”, cuando te pones realmente en tu sitio: un buen baño de realidad nunca viene mal.

Con Frodeno
Viajamos a Frankfurt el viernes, de madrugada. La bicicleta y el material los habíamos mandado por carretera, así que el viaje fue muy cómodo. El hotel, perfecto, a unos cientos de metros de todo el sarao deportivo. Esa misma tarde recogemos la bicicleta, dorsales, etc. y acudimos a la cena de la pasta. El sábado por la mañana nos vamos a la T2 a dejar las zapatillas y por la tarde a la T1 para dejar las bicicletas, subidos en plan sálvese quien pueda en autobuses urbanos. Allí memorizamos el recorrido y nos hacemos una foto con un chaval bastante simpático que, según me dijeron, ha sido campeón olímpico y campeón mundial.

Nos volvemos al hotel a descansar un poco y después nos vamos a cenar al restaurante Ruccola. Un helado de postre y, aunque es pronto, toca descansar. Acaba costando un poco porque esa tarde jugaban los croatas y ganaron. Y en Croacia debe ser costumbre tocar el claxon hasta que explota o bien la policía te pegue un tiro.

Falta José Luis
A las 4:00 ya estamos arriba, listos para desayunar. Y a las 5:15 cogiendo el autobús hacia la salida. Revisamos la bicicleta, inflamos las ruedas, lo dejamos todo preparado y cuando ya estoy listo caigo en que no me he echado protección solar: bravo. Ya he entregado la bolsa, no hay tiempo. Los pros salen 10 minutos antes. Hay rolling start, y como estamos al final, tardamos bastante en salir. Las idas cómodas, las vueltas con el sol de cara. Por primera vez nado constante, adelantando más que gente de la que me adelanta, y solo me desoriento de verdad una vez (el sol) y tengo que hacer un ángulo recto de 30 ó 40 metros para no saltarme la última boya triangular. 1:13 no es lo que buscaba, pero mejora varios minutos a los tres IM anteriores. Buena noticia.

Seis minutos y poco de transición (la media es de más de siete) y a pedalear. Desde bien pronto se le empiezan a ver las orejas al viento. Yo voy bien, no tengo ningún problema, pero no se puede ir tan deprisa como me gustaría. El recorrido es muy alemán, hay animación en algunos pueblos, pero solo es real al pasar por el pueblo de la calle empedrada (sobre todo porque suena Aerosmith) y en el paso intermedio por Frankfurt. Eso sí, es un Ironman: bien señalizado, bien avituallados… y bien amonestados los que vi amonestar. Como siempre, ves personajes curiosos: la fauna IM. Hacia el 170 veo a Nico, que está de pie al borde de la carretera y me dice que está bien y que no me preocupe… Increíble la experiencia, pero que lo cuente él, porque da para un libro. Solo puedo decir que es un orgullo solo conocerle. Por si fuera poco el viento (hasta estoy orgulloso de la media de 31 km/h.) son 185 kilómetros (estábamos avisados), así que cuando llego a la T2 ya llevo casi 7 horas y media y pierdo la ilusión de bajar de 10 horas y media.

Llegando ya...
Menos de tres minutos en la T2 (la media era de cuatro) y a correr por la ribera del Main. Allí están todas nuestras mujeres y algunos pequeños, pasando de un lado al otro del puente y dándolo todo por animarnos. Deben ser cerca de las 14:30 cuando empiezo a correr. Hace calor, estoy cansando y desmotivado, esa es la verdad.  Pero hay que seguir y, sobre todo, no parar. Me avituallo según lo previsto. En la última vuelta Bego me grita que el equipo de nuestra hija ha ganado la final del campeonato de voleibol de Espinho categoría sub 18… cómo me conoce: no hay gel que se compare a escuchar eso. También en las dos últimas vueltas me acompaña un rato Carlos, un compañero de Maratid que ahora trabaja y vive en Frankfurt (gracias, tío: lástima no estar de mejor ánimo y hacerte sudar un poco más). Me deja a 500 metros y voy entero, así que busco brazos con pulseras rojas (última vuelta) para que no me quiten ser el protagonista de ese momento indescriptible que es entrar en el corredor de la gloria donde gritan tu nombre y le recuerdan a todos que eres finisher, poniendo así el broche final a tantísimo esfuerzo.

La familia Complutum en Frankfurt
Gracias Rober por ser tan sencillo cuando es evidente que eres mejor que muchos élite, gracias Ángel y Julio por vuestra determinación para llegar a pesar de los obstáculos (aunque en carrera Ángel me dijera que era el último, todos sabemos que no lo va a ser), gracias José Luis por compartir la frustración de la natación, pero también las risas de resignación y sobre todo la gloria de llegar casi juntos, y gracias Nico por enseñarnos qué es ser una buena persona, sin matices. Pero sobre todo, gracias a nuestras mujeres por regalarnos tantas horas de su tiempo durante tantos meses, por pasar tantas horas de pie animándonos a seguir cuando a uno le entran ganas de parar y esta vez, en especial, por seguir aguantando a estos imbéciles que ni siquiera os sacan una cerveza después de teneros tantas horas esperando. Supongo que fue tanto el esfuerzo que entre los seis no sumamos uno. Pido perdón.

Cuatro veces IM finisher ya, resultados deportivos parecidos y, curiosamente, las sensaciones que me han dejado cada IM se parecen como un higo a una castaña. A base de tropezar, uno va aprendiendo, y este lo había preparado mejor que ninguno de los anteriores, por lo que quizá me había hecho unas expectativas sin base y me ha quedado este mal sabor de boca; pero se me pasará, seguro. Siempre que he dicho que era el último maratón que hacía, sabía que era mentira. Con el Ironman no es diferente, pero creo que el año que viene prefiero descansar y buscar retos diferentes (en paralelo a un triatlón más humano, eso sí). Diría que ahora toca descansar, pero en septiembre toca recorrer el bulevar Unter den Linden por debajo de tres horas 8-), aunque esa será otra historia...

domingo, 10 de junio de 2018

Valencia 113


El objetivo deportivo de este año tendrá lugar, Dios mediante, el 8 de julio en Frankfurt. Cruzo los dedos. Tras la experiencia del año anterior, en lugar de buscar un medio a tres semanas, decidí participar en el de Valencia, a cuatro semanas. Así que reservamos un hotel cerquita de la zona cero y para ya que nos fuimos el sábado por la mañana con todos los bártulos.

Me había tomado la semana con calma para no poder echarle la culpa al cansancio: para no poder ponerme excusas, vamos. Y según el resultado, mirar al día 8 con unos ojos u otros. Después de comer, descansar un poco del viaje y ver la prueba de relevos de Nottingham, nos vamos a recoger dorsal y dejar la bicicleta. Muy chulo el maillot Viator, por cierto. Allí me encuentro con Rubén Espinosa, que también va a hacer el half. Y como comprobé al día siguiente, con un tiempo formidable (cómo ha mejorado el chaval). Y también me encuentro y charlo un rato con Ramiro Lahera (el presidente de la Federación Madrileña de Triatlón). Resulta que estamos en el mismo G.E., así que "acuerdo" con él en que me ganará en la bici y yo le pasaré corriendo 8-).

Por la noche, cena en la pizzería “Viva Napoli”, muy recomendable. Por cierto, si se va en grupo, pizzas de medio metro y metro entero para compartir. Y babà de postre (dulce napolitano). Muy agradable pasear por Valencia a esas horas y en estas fechas. Tras el paseo nocturno, a ultimar detalles y descansar.

Boxes
Domingo, 5:30, para arriba. Un desayuno suave y a dejarlo todo en boxes. Fauna nocturna abundante por todo el paseo: imagino que para ellos los raros somos nosotros, pero ver a un individuo hecho y derecho dando saltos a las seis de la mañana por una playa gritando que es la reina de los mares, no me parece buena forma de empezar el día, ni de acabarlo. Ya en el box, susto matutino, para variar: la rueda trasera en el suelo. ¿Pinchazo o es que al desinflarla el día antes me dejé el “pitorrito” de cierre abierto”? Decido inflarla, veo que se mantiene, me voy al hotel a por el neopreno y a ver dentro de 20 minutos cómo está. A la vuelta, la rueda parece no haber perdido presión, así que me voy menos preocupado al agua a mover un poco los brazos. Neopreno permitido para todos. Agua fresquita, ma non troppo.

A por la bici
La natación, como todo este triatlón, es a una sola vuelta. Para alguien que empieza lento y acaba rápido es lo mejor que te pueden decir. Me gusta saber que si adelanto a alguien gano una plaza y que si me adelantan la pierdo. En los triatlones habituales no tienes esa información, sobre todo en la carrera a pie. Creo que es la primera vez que hago uno de larga de distancia así. Pierdes animación, cierto, pero yo lo prefiero. El mar está muy tranquilo, afortunadamente. Aunque no disfrute nadando en tropel, ya no lo paso mal en el agua, como me sucedía al principio. Somos los últimos en salir (después vienen los del olímpico), así que buena noticia: todo el que supere, al menos hasta la última boya, donde nos juntamos con los del olímpico, está detrás. Me da la sensación de que estoy nadando “no tan mal como siempre”. Y visto el tiempo final (33:33) y la posición relativa después (en la mitad), lo confirmo.

Entrando a T2
Contento con la transición, supongo. Salgo con las zapatillas caladas y se lía una buena montonera porque la gente se tiene que subir tres metros después de la línea, aunque luego tarde 20 segundos en arrancar. Me alejo como puedo y me subo bien. El problema es calarse las zapatillas por un carril bici flanqueado por bordillos y rodeado de montones de ciclistas (nos mezclamos los del half con los del olímpico), pero sin percances. El recorrido en bici es muy rápido. A la ida el viento molesta y vas subiendo, pero aún estás fuerte. Mi velocidad media hasta el kilómetro 31 es de 30 km/h. Aún siendo un recorrido de subir y bajar, las rampas son cortas. El supuesto puerto pasado Náquera no es tal (conocido como Gran Premio de Náquera...) o yo no me entero ni de que existe. Eso sí, es verdad lo que comentaron en la charla técnica: el paisaje de la sierra Calderona es muy bonito para ser la costa. Cuando me entero de que he llegado arriba es cuando veo que empiezo a bajar, con el aire medio de lado, medio de culo. Y ya no hay mucho que contar: velocidad media, más de 36 km/h. Por cierto, que es el único tramo donde pierdo algunas posiciones (6). Afortunadamente no ha llovido, como esperaba todo el mundo.

Terminando
La T2 la hago bien, creo yo, y a correr. Me siento entero y como a mi edad ya me hago una idea de lo que es un medio maratón llano (¿cuántos habré corrido en mi vida?), desde el primer metro decido controlar el ritmo. A Ramiro le paso en carrera, todo según lo planificado (lo siento, presidente). El recorrido es demasiado “urbano”; la gente no molesta, pero bicis y viandantes compartimos trazado. Aún así, avisados como estábamos en la charla técnica, me parece hasta bien. ¡Ah! otra humorada de la organización: por lo visto, se cronometran cuatro tramos y dan un premio (The Walking Dead) al que porcentualmente más baje el ritmo. Desde el principio tengo claro que es un premio que no me voy a llevar. De hecho, la segunda mitad la hago solo 27 segundos más lenta que la primera 8-) y paso a 72 triatletas. Hora y media para 21,1 kilómetros (bien medidos, por cierto).

Buen tiempo final: 4:34:00. Sin olvidar que solo eran 82 km. de bicicleta, no está mal.  Avituallamiento rápido y para el hotel, donde han tenido el detalle de dejarnos la habitación para poder ducharme. Al bajar, Bego me da la buena noticia: tercero de mi G.E. así que una muesca más en el revólver. Como curiosidad final, aunque sabía que se hacía en algunas partes, nunca había visto el bonito detalle de que los jueces haciendo el pasillo al último en entrar.

Pasillo al último finisher


domingo, 30 de julio de 2017

Ironman de Zurich

Más de 160 kilómetros nadados, cerca de 5.000 en bicicleta y casi 1.000 corriendo. Con la misma ilusión desde el día que empiezas, cuando madrugas para meterte en el agua a las 7 de la mañana, cuando haces malabares para encontrar horas de bicicleta cada fin de semana o juegas al sudoku, como dice José, para encajar tus entrenamientos de carrera con el resto de tu vida. La misma ilusión durante meses, hasta que dan la salida y te metes en el Zürichsee y ya no hay posibilidad de cambiar nada, la historia es la que ha sido y no otra. Da igual que hayas dado lo mejor de ti porque la suerte está echada. Si algo se tuerce, tienes que asumirlo y poner buena cara, porque esto no son matemáticas, porque esto no es lo más importante del mundo y, sobre todo, porque los demás no tienen por qué aguantarte tus lamentos.

El IM de Zurich no salió como yo he estado soñando durante todo el año. Pero no me importa; es más, dejaría esto antes que dejar de soñar cada día. Y además ¿de qué me puedo quejar yo este año? Segundo en Sevilla, primero en Madrid y primero en Guada. Momentos inolvidables rodeado de mi familia deportiva. Seguramente cometí errores, pero aprenderé de ellos y lo haré mejor a la siguiente. Para los de a pie, solo sirve "buscar la suerte", sola no va a llegar.

Con Julio
La natación de este IM tiene un recorrido muy claro (muy suizo). La salida es del tipo rolling start. Me puse al principio del grupo de 1:10 a 1:15 y no lo pasé mal (algún golpazo que otro, lo normal), pero salió como siempre: mal. No sé si algún día nadaré medio bien. Me dicen que fueron 4.000 metros y que salí a la mitad del pelotón, pero no me sirve para mis objetivos. Me llevé algún par de golpes de los buenos y en cada boya del tramo largo pensaba que girábamos hacia meta, pero no cedí en ningún momento. De verdad que en la bicicleta me dolían los brazos, no pude nadar mejor. Aún así, mi preocupación era hasta qué punto estaba recuperado del bajón de la semana anterior, cuando a los 500 metros me tenía que parar a respirar. Y la natación la superé sin mayor agonía. No hubiera firmado el resultado, pero salí aún entero.

La mejor animación del mundo
La T1 supongo que normal (siempre hay alguien que te pregunta que qué hace con la bolsa azul). El recorrido de bicicleta es simplemente precioso, con vistas de los Alpes, todo verde, mucho avituallamiento, etc. Seguro que se disfruta un montón paseando, pero no tanto cuando a los 180 kilómetros se le añade el calor, la humedad, las cuestas (nada que no supiéramos) y el viento, de cara la mayor parte del tiempo. Supe que el cuerpo no estaba recuperado al empezar a bajar hacia Zurich la primera vez, km. 70. Había comido y bebido, pero iba muerto. Como Bego me esperaba en la colina, estaba resuelto a pararme, llorarle un poco y pedirle perdón por tirar a la basura tanto sacrificio. Pero llegas a esa colina y te sientes Dios. Brutal. Y con nuestros nombres escritos en el suelo por nuestro dream team de supporters. Me dio vergüenza, no dije nada, apreté un poco y seguí para adelante. Nada iba a cambiar, pero no se merecían ni un lamento. En la segunda mitad dejé de mirar la media. Ya sabía lo que estaba pasando. Se me pasó (sinceramente) por la cabeza la idea de pararme, descalzarme y tirarme al lago para refrescarme. Daba igual ya, todo iba a ir a peor. Pero no lo hice, claro. Menos mal que no lo hice. Vuelta a subir, vuelta a bajar. 81 km/hora en la superbajada: no brain, no fear. En algún momento perdí el bote de herramientas. Lo que me faltaba ya: pinchar y no poder arreglar el pinchazo. Y en algún otro momento, perdí las sales. Y en algún momento más me atacó una avispa, que tenía muy claro que en mis labios había azúcar. En fin, que todo puede empeorar llegado el caso. Pero seguí apretando los dientes, con más corazón que otra cosa, y llegué de nuevo a Zurich, colina (esta vez sin apenas animación, claro) y vuelta al Landiwiese. Por cierto, finalmente me decidí a, por primera vez en competición, bajarme descalzo en marcha. Quería ganar unos segundos más Lo había ensayado varias veces, así que no salió mal del todo.

Llegada
Bien la T2, creo yo. Pero claro, 30 grados, humedad, muerto y a por un maratón. Todo muy racional, muy de sentido común, de lo que siempre presumo. Sé que esto no va a ser Niza ni por asomo. Y allá que vamos, sin cronómetro (lo paré y solo miraba el reloj para ver si llegaba a la cena). El recorrido es más bien feo e incómodo. Cuatro vueltas con cuatro pasos subterráneos cada una. Eso sí, la organización, perfecta, recorridos cerrados, avituallamientos constantes y sin que faltara nada, animación razonable, nuestros familiares coreando cada paso. Muchos españoles y muy majos. Especial agradecimiento a los fans del Clavería, que también nos animaban (como los nuestros a ellos, faltaría más). Fui poco a poco, más lento en cada vuelta, pero como siempre, sin parar (a pesar de todo, segundo de mi categoría, esta vez no fui primero, bastante hice 8-). Al final, poco más de 11 horas. Decir que aunque el tiempo sea de pena, estoy orgulloso es poco. Estaba al 80%, pero me aseguré de dar el 100% de ese 80%.

Podio de clubes
Mis compañeros tuvieron suerte desigual: Rober brilló, como siempre (segundo en su categoría, delante de algunos pros); y José también lo hizo. José Luis sufrió, pero terminó su primer IM: ahora saber lo que es esto, y espero que vuelva porque tiene clase de sobra para hacerlo más que bien. Nico tuvo que abandonar (no era su día) y Ángel y Julio tuvieron que aflojar porque sus estómagos tampoco tuvieron el día. Respuestas diferentes de grandes deportistas a una prueba extrema. La dureza era tal que hubo que enviar a toda la armada para conseguir, a pesar de todo, un éxito más. El IM de Zurich causó bajas, pero nos reconoció una victoria: segundo club clasificado en la división III de clubes Ironman. Lo que nos clasifica para el campeonato de Europa del Este y África (EMEA). Supongo que es otra estrategia comercial de la franquicia Ironman y que no tiene mayor importancia que la que se le quiera dar, pero yo pude subir a recoger nuestra ovación con el mejor deportista que conozco. Me da igual si suena ñoño, ridículo o insincero, para mi no lo es. Y ojalá hubieran estado mis otros cinco compañeros para redondear la foto, porque esta la imprimo y la cuelgo donde se vea bien. 

El único momento malo de toda la aventura fue oír decir a Rober "Nein" cuando dijeron su nombre en la asignación de slots para Hawai. Qué pena no tener más calidad, haber conseguido slot yo también y haber viajado juntos. Hubiera sido... uf. Seguiremos intentándolo, que es lo que mismo que decir que seguiremos soñando.

domingo, 23 de julio de 2017

Seis años

Se acerca el objetivo de esta temporada, que es el más ambicioso que jamás me haya planteado nunca. Desde el domingo 19 de junio de 2011, día en que terminé mi primer triatlón (sprint), han pasado ya seis años. He ido dando pasitos cortos y, aunque los años se noten, estoy seguro de haber mejorado cada año. A una semana de la prueba, el objetivo está rodeado de pequeños y no tan pequeños contratiempos, pero que no van a evitar que cruce la meta el 30 de julio en Zurich. De ninguna manera.

Siempre he dicho que lo importante es el camino. Suena a disculpa o a excusa anticipada, lo sé, pero lo he dicho hasta cuando se me ha dado bien una prueba. En estos seis años he aprendido, corroborado o penado lo que no está escrito. Toca escribir un poco de ello.

Half de Sevilla 2017
En estos seis años he aprendido a dejar de caerme por llevar calas, pero también he aprendido que un resalte en el asfalto puede dar al traste con todo el trabajo y la ilusión de seis meses.

He aprendido que para nadar bien hay que dar patada, extender el brazo, arquearlo, levantar el culo y unas cuantas docenas de cosas más, aunque aún no haya conseguido hacerlo todo junto.

He aprendido veinte mil cosas sobre la bicicleta: la presión de inflado, la altura o el tipo de sillín, qué es una brevet, cuándo una cubierta está desgastada, cómo sacar la rueda trasera de mi cabra (que no es cuestión baladí)...

He aprendido, aunque tardé más de la cuenta, que en cualquier prueba que tenga la palabra ironman hay que comer, comer y comer, y que si no lo haces, no llegas.

He aprendido que cualquier detalle te puede arruinar un objetivo, pero he vuelto a comprobar que sé levantarme y correr un maratón en poco más de tres horas.

Half Villa de Madrid 2017
He aprendido que meterte a las siete de la mañana en el agua es muy duro, pero que gracias a la natación no he tenido problemas de cervicales en los últimos seis años.

He aprendido que cuando bajas en invierno a Aranzueque, el cambio sí funciona, son tus manos las que no responden.

Ahora sé que uno puede aprender todo esto por su cuenta, pero sin duda hacerlo con un gran club detrás como es Complutum Triatlón lo hace mucho más fácil.

He comprobado prueba tras prueba que no es lo mismo cruzar la meta sin conocer a nadie que ver a mi mujer, a mis hijos, a mis compañeros o a sus familiares aplaudiendo incansables desde la barrera.

Half de Guadalajara 2017
En Sevilla este año aprendí además que uno puede llegar el último y sentirse la persona más afortunada del mundo.

He aprendido que muchos triatletas de élite no participan en categoría élite. Lo sé porque nado con ellos y me sacan los domingos por la mañana.

Repito que sé que todo esto suena a excusa, pero lo que he aprendido, y conseguido estos seis años, especialmente este último, ya no me lo quita nadie.

En Zurich y espero que por muchos años más seguiré aprendiendo, creciendo y disfrutando con este deporte y con este mi club. En una semana voy a correr rodeado de seis triatletas formidables. Sé que los voy a tener delante todo el tiempo. Mejores liebres es imposible tener. 

Ojalá no les coja, porque eso querrá decir que han tenido problemas. Ojalá entre justo detrás de ellos, porque es querrá decir que he conseguido mi objetivo.



domingo, 27 de noviembre de 2016

Maratón de Florencia

Hay viajes en los que todo sale según lo esperado. Y otro tanto sucede con las carreras. Y afortunadamente hay veces que suceden las dos cosas, como ha sido el caso de Florencia y su maratón. El viaje, la meteorología, el hotel, las comidas, las colas de los museos… todo.


¿Qué voy a contar de Florencia yo que no sepa todo el mundo? Nada, un placer en todos los sentidos (ahora estoy pensando en los helados). Y encima es temporada baja, así que solo éramos miles de turistas: supongo que en temporada alta se multiplicará por cinco. Por eso solo hablaré de su maratón. Si no quieres seguir leyendo, resumo: aceptable, vale la pena (un siete de nota, venga).

Salida
Empecemos mucho antes de tomar la salida: con la inscripción. El precio es normal. No lo recuerdo y va por tramos, pero del orden del precio de cualquier maratón española. Ahora bien, en Italia o estás federado (y supongo que has pasado ciertas pruebas) o tienes que enviar un certificado de aptitud para la práctica de la carrera de fondo. Yo lo envié en español e inglés. Es necesario hacerse una prueba de esfuerzo. A nadie se le escapa que es buena idea hacérsela, pero tiene un coste, y como en España no se exige, a alguno le parecerá mal. Es lo que hay.

La feria del corredor: básica. La verdad es que las últimas a las que he ido eran bastante más espectaculares. No me estoy refiriendo a Nueva York o Chicago: Valencia o Sevilla tienen ese ambiente que se requiere el día antes de hacer una prueba tan seria como es un maratón. Lo de Florencia era un espacio muy reducido, un pasillo de stands realmente, que te veías obligado a recorrer hasta el final para obtener tu bolsa del corredor. Mucha propaganda de maratones europeas (e incluso nacionales: Ibiza, por ejemplo): el negocio prospera.

Km. 37
Respecto al recorrido, según lo esperado. Es mucha distancia, así que te sacan del centro histórico para acumular kilómetros por barrios, zonas deportivas, parques, qué sé yo, pero no puede ser de otra forma. Es una carrera muy llana, y lo único a reseñar es que en algunos puntos el suelo es peligroso. La animación, muy escasa en mi opinión. Eso sí, la salida y la llegada, parece que por primera vez ambas (por fortuna para mi) estuvieron en el mismo centro de Florencia, junto al Baptisterio y el Duomo, lo que sin duda es un enorme acierto y, además en mi caso, un lujazo: no sé si alguna vez he tenido salida y llegada a 300 metros de “casa” (hotel).

¿Y mi carrera? Muy satisfecho (nota: nueve). La salida estaba bien organizada, unas 8.000 personas, así que pude correr desde muy pronto. A los cinco kilómetros sudábamos ya de lo lindo, a pesar de la excelente (baja) temperatura y que el ritmo era el razonable: la humedad, bastante humedad. Había bebida con sales cada cinco kilómetros, así que no quedaba otra que beber sin sed. El resto de avituallamientos, intercalados con los anteriores, eran de esponjas.

Conforme a mis expectativas, pasé la media maratón (poco después del Palazzo Pitti) algo más deprisa de lo previsto: 1:24:34. El problema fue que empecé a notar contraerse algún músculo de los que tenemos en las piernas, creo que es el isquiotibial, pero como me temo que el día que explicaron los músculos no debí ir a clase, así que no me los sé y tampoco me paré a mirar. Eso sí, reduje el ritmo, no quería que pasara lo de Castellón. Tomé más sales y a partir del 25 volví a recuperar. Se ve perfectamente en la tablita.

Llegada
A partir de ahí, la historia de siempre: el muro. Empezó hacia el 35 y duró hasta el 41. Pero aún así no dejé de pasar gente hasta el final. Esta vez fue más murete que muro. Y un muro rodeado de belleza e historia, de buenas sensaciones, de experiencia, de alegría por el reto conseguido. Como siempre, Bego ayudándome a lo largo de toda la carrera. Y, sobre todo, bombeando en mi cabeza la motivación necesaria para no aflojar hasta los metros finales. Cerré los ojos para vivir el momento y el fotógrafo lo pilló.

Una ciudad y un maratón para recordar con verdadero orgullo y cariño.

Va por ti, Dani

En unas de las ciudades más encantadoras de las que he conocido, Florencia, tenía intención de conseguir marca para Berlín. Hasta el 14 de noviembre tenía mis dudas y miedos, como siempre… y más tratándose de una maratón, la decimoquinta creo. Supongo que todos buscamos la motivación constantemente, y es obvio que la encuentra uno a veces donde menos la espera. Desgraciadamente, un puede puede encontrarla donde nadie querría hacerlo. Y ese maldito lunes supimos que una gran persona nos había dejado para siempre; por eso desaparecieron los miedos, supe que iba a conseguir el objetivo, que era obligatorio conseguirlo.

Porque Dani era lo que todos llamaríamos un cielo, un encanto... De esas pocas personas que se esconden cuando tú triunfas para no quitarte protagonismo, pero que los tienes a tu lado si las cosas no van bien y los demás ya no aparecen. Y da rabia, muchísima rabia, que las cosas funcionen así, que se vaya la buena gente de esta forma. Y como no podía hacer mucho más por él que correr y escribir esto en su memoria, eso lo que he hecho en Florencia hoy y aquí lo cuento ahora.

Nunca olvidaré aquella tarde en Pareja donde todos teníamos que llevar algo para compartir y él llevo, qué se yo, media docena de barras de pan, media docena de botellas de refresco, dos empanadas... si nos descuidamos nos da de comer a todo el equipo.

Nunca olvidaré aquel triatlón de Pálmaces que terminó como un grande a pesar de que su envergadura no era la óptima para una prueba tan dura, cómo me sonreía cada vez que me cruzaba con él, o la sorpresa al finalizar la prueba, una vez más, cuando apareció con no sé cuántos litros de cerveza para celebrarlo, ni la conversación que tuvimos en el viaje de vuelta.

Nunca olvidaré cuando me bautizó empezando a llamarme Don Manuel, la única persona que sé que lo decía desde el más profundo respeto. Ahora, cada vez que me lo llamen, me parecerá bien, aunque muchos no sepan por qué me tratan de Don.

Nunca olvidaré cómo nos reímos en aquel triatlón en que nos fueron a poner el número en el brazo y a él no le encontraban sitio entre tanto tatuaje.

Nunca olvidaré cómo trataba a mi padre (y a todos, cualquier que le conociera lo sabe) cada vez que le llevábamos el coche para revisarlo o arreglarlo. Incluso para que mi padre no tuviera que molestarse se ofrecía a llevármelo a casa… Cuando volvía a casa, mi padre me recordaba cómo le había tratado.

Y tantas otras hermosas anécdotas vividas por todos sus compañeros con él en solo tres años, tres años que no deberían haber terminado.

Pero hay una última anécdota que recuerdo especialmente: propuse quedar para trotar por nuestros Cerros, él pensaba que vendría más gente, así que me dijo: Don Manuel, lo siento, Usted querrá ir más deprisa que lo que yo puedo ir. No sé qué le dije exactamente, pero por supuesto que no le hice mucho caso, así que trotamos aquel domingo durante hora y pico, a su ritmo, disfrutando. No recuerdo la conversación, la verdad, pero este domingo llegó el momento de devolverle unas migajas de su generosidad, su educación y su constante preocupación por todos. Tenía que correr mucho, en el límite de lo que puedo dar ya, pero no dudaba de poder hacerlo y lo hice. Fue fácil, porque bastaba dejarse llevar hasta el 25, apretar los dientes hasta el 38  y sacar toda mi rabia hasta la meta, la rabia que da no poder volver a ver la sonrisa de una persona única nunca más.

Hasta siempre, compañero. Aunque te parezca imposible, cruzaste la línea de meta de la maratón de Florencia e hiciste un buen tiempo. Te lo digo yo, que te llevaba y te llevaré siempre en mi recuerdo, como lo harán todos tus compañeros.