viernes, 25 de mayo de 2012

Mi primer triatlón olímpico

Hito cumplido: terminé un triatlón olímpico. Y satisfecho. Contento, no; contento estaré cuando quede en el primer tercio de mi grupo de edad, pero satisfecho. Y también agradecido: a todos los compañeros y familia que estaban allí, porque hizo el antes y el después mucho más agradable. Pero contento, no, solo satisfecho. Además, fue una tarde bien aprovechada: aprendí bastante cosas, de puro sentido común muchas de ellas.

Con frecuencia se me olvida lo que, medio en serio medio en broma, he repetido mil veces a otros corredores: que uno tiene unas circunstancias, que el resultado final depende de tus capacidades, del tiempo que entrenas, del tiempo que descansas, de tu experiencia y de mil cosas más. Me faltaba repetírmelo a mi mismo. Not anymore, I promise.

Ayer fue un día duro, y no precisamente por el triatlón. Y la semana también. Y la anterior ya ni comentarlo. Por eso, también medio en broma medio en serio, que da igual el orden, y siguiendo la tesis de Carlitos, me había fijado tres objetivos: salir del agua contento, conseguir una media de 30 km/h. en la bici y pasar a diestro y siniestro en carrera. Cuando me preguntaban por el tiempo, la respuesta era: 2:34. Objetivos claritos. Los dos primeros, cumplidos; el tercero, en absoluto.

Aproveché el calentamiento en la natación para diseñar la estrategia: ocuparme de respirar y punto. En la salida de la natación, Carlos me presenta a un "Guadalajara", alto y mayorcito como yo, pero que al parece nada como un pez. De hecho, había cruzado el Estrecho. Con la conversación se me pasó la espera volando. Tercera serie, gorrito amarillo. Pum. Al poco ya estoy casi solo, pero sin ningún agobio.  Respirar, respirar. La salida es tan amplia que me da la sensación de estar solo al poco... igual estaba solo. Corrijo constantemente la trayectoria, pero no creo que me desvíe mucho. Cuando estoy acabando los primeros 750 m. no estoy preocupado, eso si: es evidente que soy de los últimos. Al tirarme me entra agua en las gafas. No problem: lo arreglo y sigo con total confianza. En este último tramo me adelantan algunos neoprenos con gorrito blanco, también adelanto algún gorro rojo (creo que nunca había adelantado a nadie, je,je). Al final, salgo como quería: relajado y contento porque ya no tengo nada en contra que me puede vencer.

La transición supongo que fue mejorable, pero salió mejor que la primera vez aquí mismo. Empiezo a estar mentalizado de los pasos que hay que dar y me había estudiado bien los recorridos. Vamos a por la primera vuelta. Esta vez llevo el crono, para ver cómo voy. Contando una vuelta, cuento las cinco: Bego y Carlos animando en la primera subida; adelanto a corredores individuales en todas las subidas sin esforzarme demasiado; solo me doblan grupos (quizá no me costaría engancharme a alguno, pero no es el objetivo hoy); a medida que caen kilómetros, me empiezan a molestar las lumbares; en las bajadas aprendo que no hay por qué frenar y cae algún 60 km/h.; la verdad es que el suelo no es el mejor posible, pero disfruto.

Eso sí, tengo necesidad de beber casi de continuo. Afortunadamente Jesús me recordó llevar agua (que ya me vale) y había llenado el bidón, pero al final estaba deseando enganchar el agua que me esperaba en el circuito de carrera. Calculo que bebí 2,5 litros ayer entre el antes y el después y no fue suficiente: cuando llegué a casa estaba sediento. Me descalzo bien y entro cómodo a la T2.

Pero cuando empiezo la carrera a pie me doy cuenta de que no iba a poder ir a 4:00 como esperaba. Me faltaba aire en el pecho y, sobre todo, fuerzas. No dejé de pasar gente en toda la carrera, pero sentía que iba parado. Noveno de 35 en mi grupo de edad, pero... ¡¡¡ 46 minutos !!! Esto es un entrenamiento suave, casi trote cochinero. Supongo que es el resultado del esfuerzo previo, del calor y de la falta de entrenamiento, pero no me lo esperaba. Normalmente, cuando veo a familiares y amigos acelero el ritmo: ayer era imposible. Una sonrisa todo lo más. En cada vuelta necesitaba acabarme la botellita de agua. Al final, 2:44.

En resumen, satisfecho. Lo de ayer fue una lección de respeto a la prueba: hay que entrenar más y mejor para conseguir estar más adelante. Pero también es cierto que no era el mejor día. Lo del peso es un buen indicador: cuando corría pesaba 75 ó 76 kilos cuando estaba fino; ahora peso 75 y a pesar de todo lo que bebí, cuando llegué a casa pesaba 73 kilos.

Como dice Kilian en su libro Correr o Morir, "ganar es vencer a nuestro cuerpo, nuestros límites y nuestros temores". Ayer vencí a algunos de mis temores, ahora le toca a los límites.

domingo, 20 de mayo de 2012

Hicimos el I DuXPAH

Hoy ha sido un día inolvidable. Me gusta esa sentencia, atribuida a José Martí, de que todo hombre debería plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro. Yo le añadiría "trabajar en equipo", en cualquiera de sus millones de formas posibles.

Tras un inicio de año algo convulso en el seno de nuestro club de triatlón, se puso sobre la mesa la iniciativa de organizar un duatlón popular. Muchos sospechábamos que no era fácil y en los últimos meses lo hemos comprobado. Pero ha sido hoy cuando hemos comprobado que valía la pena el esfuerzo. Por muchas razones.

Para ello hacían faltan un líder, un buen puñado de colaboradores y un objetivo muy claro. Y tres cosas muy importantes: ilusión, ilusión e ilusión. Y de todo teníamos. Lo único que ha habido que buscar eran horas de trabajo, quitadas en su mayoría al descanso y a la familia.

Organización I DuXPAH
No voy a contar en qué consiste organizar un duatlón popular, porque es algo que otros han hecho, hacen y harán mejor que nosotros, pero sí voy a referir unos cuantos momentos que me confirman por qué vale la pena un esfuerzo tan generoso.

Primero, y era el objetivo esencial, porque decenas de personas que disfrutan con la actividad física han estado más cerca de ese otro escalón que es la competición, que no te hace mejor ni peor, pero que supone una motivación adicional, un escaloncito más en la mejora personal, un lugar para compartir lo que te gusta con los demás, y sobre todo, una oportunidad inigualable para transmitir todo eso a los niños.

Ha valido la pena por docenas de pequeños grandes momentos: uno muy especial ha sido cuando ha llegado la última participante, una mujer mayor (aunque mucho más joven que muchas de 18). He vivido por primera vez la espera de absolutamente todos los corredores, lo que incluye a los últimos. Y allí estábamos muchos dejándonos las manos a base de aplausos para recibirla, pero lo mejor ha llegado cuando se ha abrazado a su marido. No había palabras, pero le estaba diciendo: "¿ves cómo podía terminar?".

Más: conozco una familia que ha participado al completo: dice mucho de ellos ¿no? Había compañeros corredores, de la piscina, del trabajo, vecinos... todos ellos son tus conocidos y tus amigos. Les hemos regalado un día de deporte y todos ellos nos han dado las gracias. Me lo confirma una bonita frase que nos han dedicado en el Facebook: "gracias por organizar esto mientras nosotros descansábamos".

Y también merece la pena comprobar que cuando pides ayuda, siempre puedes confiar en los de siempre. Allí estaban mi padre, mi tío, mi hermana, mi cuñado... y como siempre, mi mujer, mi hijo, y después hasta mi hija y mi madre. Un vecino muy salao les ha dicho que si hubiéramos decidido no colaborar, no se hubiera celebrado la prueba. Me siento orgulloso.

Por último, organizar esta prueba me ha permitido conocer mejor a muchos de los miembros del club. Sabía que eran grandes deportistas, pero ahora sé que muchos de ellos son formidables trabajadores y buena gente de verdad. Es un auténtico privilegio compartir algo tan intenso con gente así.

La satisfacción acumulada hoy es mucha. El cansancio también. Ahora solo queda aprender de los errores, descansar un poco y volver dentro de un año para intentar estar otra vez a la altura de las circunstancias.

martes, 20 de marzo de 2012

II Media Maratón Cervantina

Igual exagero, pero creo que hacen falta más de dos manos para contar las medias que he hecho en 1:20. La primera fue aquella, inolvidable, de La Rioja, en Logroño, con Fiz, Antón, Roncero... 1:20:34, en la que comprobé por primera vez que la élite de este deporte era gente normal, a diferencia de lo que sucedía con otros deportes más televisivos. Después vinieron otras medias de resultado similar, como aquella de Fuencarral, pero quizá más valioso (1:20:14) a causa de la dureza de la subida desde El Pardo. O aquella de Coslada (1:20:02), en que casi, casi...

Por eso bajar de 1:20 siempre ha sido mi objetivo en cualquier media. La de ayer tuvo algo de especial también. No me parecía posible bajar de 1:20 sin haber hecho ni el menor entrenamiento de calidad, así que el objetivo de verdad era ver qué era capaz de hacer cuando entrenas un par de días 10 kilómetros al ritmo que te apetece, sin más. Y es que, dado que mi objetivo cada semana no es otro que pedalear y nadar más y mejor (objetivo más que asequible 8-), lo de correr pasa a segundo término (mejor dicho: pasa a tercer término). Además, también fue una de las pocas carreras, no sé si la única, que he corrido sin reloj, como los "buenos".

Y no se puede decir que saliera mal la II Media Maratón de Alcalá de Henares (tercera para los que tenemos memoria y sabemos agradecer el esfuerzo de los primeros organizadores): 1:20:41. En la salida, foto con los Amigos de Alcalá y oportunidad para saludar a montones de conocidos; durante todo el recorrido, animando como siempre, la familia y más conocidos. El recorrido lo podría hacer a ciegas. Por la razón que sea, al pasar por la calles donde pasé mi infancia me vienen a la memoria un montón de recuerdos... estoy en casa.

La primera vuelta la hago tranquilo, pero en la segunda ya noto el cansancio y me concentro en no aflojar, porque más deprisa ya no soy capaz de ir. Los kilómetros caen tranquilamente, seguramente cada vez más despacio, hasta que llegando al km. 20 me sorprende ver que la calle Mayor está prácticamente vacía: animación nula. Y me viene a la cabeza la maratón de Nueva York. El contraste es demoledor. Pero es lo que tenemos, es lo que somos.

Mediado el último kilómetro me sucede la única circunstancia negativa del día. Acababan de animarme Juanma, Carlos y Nico y giraba en Cuatro Caños cuando empieza a avisarme el isquiotibial izquierdo, igual que en Castellón hace año y pico. No queda más remedio que aflojar sin llegar a parar, justo cuando tenía que empezar a apretar.

Afortunadamente la distancia de los seguidores era suficiente para que nadie me adelantara... porque pasarán los años, las medias y los unos veinte, pero sigue y seguirá sin gustarme que me pase nadie. Y menos en la línea de meta de mi casa.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Mi primera temporada


No sé si será algo común o solo me pasa a mi, pero hasta mes y medio después de haber corrido en Nueva York no me ha vuelto a apetecer participar en nada. Es como si me hubiera dado un atracón y hasta ahora no he terminado de hacer la digestión. Algo parecido, me contaba un compañero del club, le ha pasado a él este año tras terminar su primer Ironman.

Es de suponer que algo habrán tenido también que ver la sobrecarga de trabajo y el accidente, porque aparte de una leve actividad deportiva, me he limitado a darle vueltas a la cabeza y perfilar cómo debería ser mio primera temporada como triatleta 100%. Pero finalmente me he decidido a apuntarme a la San Silvestre de Azuqueca de Henares, y de rebote se ha apuntado toda la familia. Así que el fin de año será muy deportivo, y el principio también, ya que no pienso perderme la subida al Ecce Homo.

Concreto un poco lo de perfilar la temporada: lo que he hecho ha sido fijar unos objetivos, globales y parciales. El primer objetivo global es simple, aunque se me hace muy asequible: terminar un triatlón olímpico. Es un objetivillo. Si no lo alcanzo me hago monje. Por eso tengo un segundo objetivo global en la recámara, bastante menos asequible: terminar un medio IM o triatlón asimilable. Lo malo es que en este momento este objetivo se me hace un poco exagerado. Pero dependerá de cómo progrese porque, en todo caso, lo planifico para el final del verano.

Lo más divertido serán los objetivos parciales. Los he fijado para ciclismo y natación solamente, tres por cada una de las dos disciplinas. Los hay de cantidad (3.000 m. nadando o 130 km. en bici), pero también de calidad (100 m. en tal tiempo o un ritmo medio en bici durante 2 horas -obsérvese que no doy cifras, no me atrevo-). En cuanto termine el apuro en el trabajo de estas semanas espero ponerme manos y piernas a la obra. Y falta me va a hacer porque todos los tiempos que mido son un poco deprimentes.

Una última cuestión que he tenido que empezar a resolver es la del material de invierno. Salir con la bici a casi 0 grados es poco menos que asegurarse los catarros: culote largo de invierno, cubrezapatillas, guantes... así que los Reyes van a venir cargados de material, pero como seguimos en crisis, sin lujos: nada de carbon-o.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Accidente

Esta semana leí un artículo sobre qué hacer cuando termina la temporada deportiva, antes de empezar la siguiente. Yo debo ser uno de los pocos a los que le da por tener un accidente.



El domingo siguiente al de la aventura neoyorquina decidí salir a hacer unos kilómetros tranquilos en bici. Al poco de salir de casa, rodando ya por la primera rotonda (la de Los Gorriones) el piloto de un coche que llegaba a la misma no me vio, entró a la rotonda y no pude esquivarlo, así que tuve un accidente bastante aparatoso: golpeé con el hombro en el coche, y me fui al suelo golpeando con la parte baja de la espalda (el culo, vaya) y después con la cabeza, además de arrastrar por el asfalto. Sin duda el casco me salvó la vida. Politraumatismo, escoriaciones, el casco roto, la chaquetilla rota, el culote roto... y la bici, intacta (le vino bien caer sobre mi).

Tras quince días de urgencias, médicos, curas, anti-inflamatorios, cremas y seguros, parece que ya puedo volver a lo que nos gusta: ayer pude nadar y correr sin demasiadas molestias y hoy he salido con la bici un ratito. Aunque apenas me molestaban los golpes, se notaba la inactividad ciclista tras cerca de dos meses sin coger la bici. Cada vez que pienso que esto pudiera haberme pasado una semana antes de irme a NY...

Al llegar hoy a la rotonda en cuestión los coches han parado mucho antes de que yo llegara. Si no hubieran respetado el ceda el paso, no me habría pasado nada, pero les he agradecido con la mano que hicieran lo que están obligados a hacer. Un mal trago que espero que no deje secuelas, pero que espero no olvidar cada vez que llegue a una rotonda porque al final llevamos absolutamente todas las de perder.

Contado esto, declaro oficialmente iniciada mi primera temporada seria de triatlón, con el objetivo mínimo de terminar elegantemente un triatlón olímpico y el objetivo máximo de terminar como pueda un medio IM. Para ser sinceros, el objetivo mínimo me parece ridículo, pero el objetivo máximo quizá es demasiado objetivo, así que ya iremos viendo.

Habrá que empezar fortaleciendo, seguir acumulando resistencia poco a poco y desde luego mejorando la técnica de bicicleta y natación. Tengo buenos profesores de los que aprender y con un poco de suerte, en el curro me quitan trabajo este año (más ya no me pueden dar, creo 8-).

Así se lo pediré a Melchor. Por si lo ve complicado, también le pasaré un extenso pedido de material de triatlón 8-).

martes, 8 de noviembre de 2011

Maratón de Nueva York

"You may say I'm a dreamer
But I'm not the only one
I hope someday you'll join us
And the world will live as one"
(Imagine, John Lennon)

La historia de mi maratón de Nueva York comienza con un tranquilo paseo, a las 5:30, desde el hotel, en la calle 34 con la avenida Lexington, hacia la New York Public Library, en la Quinta Avenida, lugar de salida de los autobuses que nos habían de transportar hasta la salida, en Staten Island.

La maratón de Nueva York recorre los cinco barrios que forman la ciudad, el más conocido de los cuales es la isla de Manhattan. La salida está a más de 20 kilómetros, así que la organización se encarga de llevarte hasta allí desde varios puntos de la ciudad.

Iba tranquilo, disfrutando de esas madrugadas que tanto me gustan, convenciéndome aún de la importancia de tomarme la carrera con calma, como me había aconsejado todo el mundo, hasta que veo una fila interminable de autobuses a lo largo de la Quinta Avenida, todos con el cartel de línea “MARATHON”, y cientos de corredores que los van llenando de tres en tres… y no es hasta ese momento, después de tantos meses y meses pensando en esta carrera, preparando el viaje, en que me doy cuenta por fin de que aquello va a ser muy distinto de todo lo que había corrido hasta ese momento.

Disfruto del viaje buscando rascacielos y puentes conocidos. Además, empieza a amanecer y los colores mirando al Este son bonitos. Tras 35’ llegamos a Fort Wadsworth, en Staten Island, al otro lado del puente de Verrazzano. Docenas de autobuses, centenares, miles de corredores… pero ni un punto de duda: basta con seguir los regueros de atletas y las indicaciones de la organización. El que está perdido es porque quiere. Son las 6:35 de la mañana. Quedan más de tres horas para tomar la salida ¿Cómo me entretengo hasta entonces? Y la temperatura es de un grado.

Lo primero que hago es desayunar: un café y un bagel (que ni saben como nuestro café ni como nuestros donuts, pero es lo que hay). Me dan una especie de gel ideal para la carrera que debo tomar 15’ antes de la salida. No me sobra el sentido común, pero ni se me ocurre probarlo. Hay gente con sacos de dormir, otros dormitando cubiertos con mantas, unos bajo las carpas y otros al raso. Me paseo por la zona de montaje de sillas de ruedas cuando empieza a salir el sol, así que elijo un huequito de césped donde recibir sus rayos y pongo el plástico encima, me siento y me pongo a estirar durante… 1 hora. En mi vida había estirado tanto.

Entretanto la organización repite constantemente en cinco o seis idiomas la planificación y las normas a seguir: dejar bolsa hacia las 8:10, dirigirse a tu corral a partir de las 8:20 y en todo caso antes de las 8:55. Obedezco. En resumen, desde que dejas la bolsa hasta que tomas la salida queda alrededor de una hora de espera, en una zona bastante menos cómoda. Yo llevo dos camisetas extra y el gorro, pero se ve de todo. Hacia las 9:25, nos hacen avanzar desde el corral hasta la línea de salida. A mi me toca el carril inferior del puente (dos por arriba, uno por abajo). Unas 15.000 almas. Media hora después, otras 15.000. Y una hora después, los 15.000 restantes.

En la salida intento concentrarme en que solo vale disfrutar: me duelen los gemelos, las cervicales, todo; es imposible que haga la marca que sé que podría hacer en otro lugar. Ha sido una semana de patear calles, museos, tiendas y edificios durante todo el día. Pero no podía ser de otra forma porque Nueva York es fantástico, así que no hay nada que hacer. Solo disfrutar hasta que el cuerpo aguante. Y por si acaso albergaba la menor duda de que aquello va a ser formidable, tras oir por megafonía los nombres de la élite del maratón mundial (los Mutai, Gebremariam...) que está allí a 15 metros por delante, escucho (en inglés, claro) “Chicos, la ciudad de Nueva York os espera”. Pum. Y al compás del “New York, New York” de Sinatra, empieza el espectáculo.

No hace falta andar más de 3 ó 4 minutos para tener a la vista el formidable skyline de Nueva York. Ya sabéis cómo es ese momento en cualquier maratón, crees que no vas a tener problemas en recorrer los kilómetros que te echen. Subidón absoluto. Se acaba el puente de Verrazzano y entramos en Brooklyn. Empiezas a ver gente y eso que no es zona residencial, pero aquello va a más poco a poco y cuando te quieres te dar cuenta… la gente abarrota todo el recorrido.

Haría falta celebrar una maratón española 200 veces para juntar la misma cantidad de gente. Carteles a centenares. La mayoría para sus conocidos y amigos. Otros para sacarte una sonrisa: “Chuck Norris never ran a marathon”, “Bravo, chicos italianos, pero a quien nos gustaría ver aquí es a Berlusconi”… Y lo de las bandas de música es apoteósico: rock, jazz, rap… No olvidaré jamás el coro de gospel a la puerta de una iglesia (y yo que creía que había que ir a Harlem a oirlo). Banderas de todo el mundo en todo el recorrido. Por supuesto, buscas la tuya y la encuentras también. Como no llevo nada que me identifique como español (la camiseta del Complutum Triatlón no es suficiente) basta con una sonrisa para que te devuelvan todo tipo de ánimos.

Hay agua, Gatorade, médicos, urinarios cada milla. No falta nada.Voluntarios a espuertas. Hay detectores de paso cada milla (también cada cinco kilómetros). Así que no puedo controlar el ritmo (ni me importa mucho tampoco): estoy seguro de que ronda los 4 min/km. Y vaya si acierto: los primeros 5 km en 20:13, 10 km en 40:01, 15 en 1:00:04, 20 en 1:20:38. Sé que voy de paseo, pero también sé que se me va a acabar el paseo antes de lo que me gustaría. Me tomo el primer gel a ver si me sirve de algo.

El recorrido es exigente. No hay grandes cuestas, pero las subidas y las bajadas son constantes. Ya en Queens veo un pantallón gigante que lanza mensajes de ánimo a los corredores que acaban de cruzar un detector de paso. Y leo esto: “Ánimo Jim, tus compañeros de El Retiro están contigo”. El puente de Queensboro, que da paso a Manhattan se me hace eterno. El arco es tan pronunciado que no se ve el final hasta que llegas a la mitad. Pero ya no queda casi nada para la First Avenue (milla 16, algo más de 25 km.): si creías que en Brooklyn lo habías visto todo, ves que te equivocabas, que era verdad lo de que hay gente “five lines deep”.

La gente aplaude como si fuéramos alguien importante; en algún momento me acuerdo de lo que leí hace unos días “Enjoy the adoration”. Y me acuerdo de lo que me dijo alguien dos días antes: “Esta carrera no es para mirar adelante, no es para mirar el reloj, es para mirar a los lados”. Empiezo a dudar de que mi familia vaya a estar a la altura de la calle 86, pero como siempre, no me fallan. Llevo desde la 59 buscándolos. Allí está el cartel del “GO, DADDY” que prepararon mis hijos. Y mi bandera. Y cuando me acerco a darles un beso, veo que todo el mundo me anima. A la mierda los geles.
                                                                                                                         
Enfilo hacia el Bronx. No he llegado al 30 y estoy casi en la reserva: cada vez tengo menos fuerzas y las millas ya empieza a rondar los 7:00. Si no hubiera sido Nueva York, esta situación se produciría en el 37 o el 38 y ya solo habría que echarle huevos, pero me quedan 12. Km 32: otro puente para entrar en el Bronx, más cuestas. Se nota que el barrio es más sencillo, menos glamuroso, pero la animación es igual de fantástica. Veo gente con botellas de coca-cola de dos litros ofreciéndosela a los corredores, gente que lleva bandejas de pomelos, de naranjas y se las ofrece a los corredores… es emocionante la entrega de esta gente con los que se esfuerzan.

Cuando salgo del Bronx quedan ya pocos kilómetros, pero estoy en la reserva, y por si fuera poco la calle es la 138 y sé la distancia aproximada entre calles y calculo que tengo recorrer 80 manzanas hasta la 59 y me quedan... Lo que sucede siempre que no vas bien: pensamientos negativos. Pero no voy a parar, porque no va conmigo. Y porque si creía que lo había visto todo, es que porque no había llegado aún a Central Park. Allí me espera otra vez mi familia dejándose las amígdalas y allí está el clímax de la carrera. Tengo la impresión de que los cracks del ciclismo deben sentir lo mismo cuando escalan cualquiera de los puertos míticos de la Vuelta o del Tour.

El griterio es ensordecedor. Ya no va a parar hasta la meta. Hay corredores que hacen la goma, me pasan más que los que yo paso, pero yo no paro. Miro el reloj, hago malabares con millas, minutos, kilómetros y segundos y veo que voy justo para bajar de 3 horas. Y aunque me he repetido cuarenta mil veces que hay que disfrutar, ya es una cuestión de orgullo: ni estoy disfrutando de los últimos kilómetros ni voy a bajar de lo que yo considero razonable. Así que empiezo a tirar de riñones y a recordar lo grato que fue trotar por allí hace unos días.

En la calle 59, la música y el griterio no cejan hasta Columbus. Vuelvo a acercarme a 4 min./km. Curiosamente, quizá por motivos de seguridad, los últimos 300 metros se hacen casi sin gente, ya dentro de Central Park, hasta casi el final. O eso me parece porque ya sí que no miro hacia los lados, solo hacia los arcos de entrada, que aunque dibujan unos segundos más de tres horas, no me engañan: el tiempo neto es de menos de 3 horas: 2:59:37. Casi mi peor maratón, pero sin duda la que no olvidaré jamás.

Desde ahí, nos cubren a todos con una manta térmica de Finisher, nos ponen una bonita medalla (había dejado de apreciarlas) y nos entregan una “recovery bag” a la que no le falta nada (si acaso le sobra una bebida asquerosa con sabor a caramelo: es lo malo de este país, las porquerías que comen). Me encantaría tirarme al suelo, pero allí no dejan pararse a nadie. Todo el mundo nos felicita. Hasta en tres ocasiones me ofrecen ayuda: no debo ir muy sobrado (de hecho, estoy tiritando). Y aún queda caminar hasta la salida de Central Park en la calle 77 (me viene a la memoria John Lennon) y allí recogemos la bolsa de ropa, que buena falta me hace.

Fin del sueño de una mañana de otoño.

(Dedicado a mi mujer)

viernes, 28 de octubre de 2011

Enjoy the adoration

"Las calles mojadas te han visto crecer" (Nacha Pop)

He estado bastante ocupado últimamente para pensar en serio esta maratón, que en algún momento he pensado que será la última. Me he limitado a entrenar según un plan, más o menos el de siempre. A medida que iba viendo buenos resultados empezaba a fantasear con el tiempo final. No fue hasta ayer que llegué a la conclusión que lo razonable era apuntar a 2:55 y dejarme de tanta tontería.

Nada más lejos de mi intención que compararme con el mejor tenista español de todos los tiempos, pero ayer escuché una anécdota sobre él que me hizó entender que cuando salgo a correr, yo tampoco acepto la derrota, no acepto salir a hacer un tiempo determinado si en mis piernas está hacer que ese tiempo sea menor. Un tenista lucha contra otro tenista, un corredor contra sí mismo.

Pero esta vez será diferente. No me voy a pasear, pero tampoco me voy a perder un espectáculo como el que espero que sea. Me vienen a la cabeza los pasos por la Puerta del Sol en Madrid o la plaza de la Paz en Castellón. Son momentos inolvidables, en los que te sientes, qué sé yo, Induráin, Nadal, Antón, Fiz... y eso que solo duran minutos.

Pues eso va a ser Nueva York, pero durante 26.2 millas: "As you turn off the 59th Street ramp onto First Avenue you'll encounter scores of rabid race fans five people deep on the side of the course. It's like running out of the tunnel into a full stadium, New Year's Eve, Fourth of July Fireworks and your birthday all wrapped into one. Enjoy the adoration. You've earned it".

Esta gente se merece que les sonría. Y 2:55 puedo hacerlos de cabo a rabo con una sonrisa...